Entre las olas de delfín

Las aguas de la bahía están tranquilas esta noche. Reposan en el lecho titilante de una playa que brilla con luz propia, exhalando suspiros y centelleando con el polvo de una centuria de hadas.

Mecidas por un viento suave y cálido, arrancan un balanceo de movimientos erógenos, como si quisieran disfrutar del arte más íntimo y personal de los enamorados. Dentro de ellas las miles de ostras, bivalvos, caracoles, almejas, veneras y demás moluscos se dejan llevar, levitando y flotando hacia el capricho de esos movimientos. Abren sus carnes, que palpitan y se encienden, como si atrajeran todo el color del mar hasta ellas, y se dejan untar con esa agua impúdica que relame hasta el último rincón del interior de sus conchas.

Miles de peces acuden a la fiesta, regalando caricias desenfrenadas y lanzándose besos unos a otros. El agua burbujea con su fogosidad, germinando pompas de aire que divierten a las anguilas, quienes se deslizan entre la efervescencia y exhiben sus sinuosos movimientos que esbozan sonrisas y carcajadas. Los pulpos eximen a la pasión de todo pudor y revuelven el agua con sus intrépidos brazos, creando torbellinos magnéticos de pasión y desenfreno.

En ese momento un cuerpo tórrido se lanza al agua, ungiendo su desnuda piel en la fiesta afrodisíaca de un oleaje que se balancea a su alrededor. Sus vigorosos brazos le llevan mar adentro, donde el reflejo de la luna hace brillar todo su cuerpo. Su bruñido pecho asoma con hercúlea presencia y todos sus músculos se remarcan con la potencia de un hijo de Crono.

Y ahí se queda, chapoteando suavemente como un tritón, flotando en medio de un oleaje que lo acuna en el cénit de unas aguas que oscilan a su alrededor.

Sus ojos refulgen al contemplar la luna, su vientre se destapa cuando el agua, caprichosa y con ganas de jugar, sube y baja lamiendo su cuerpo, desde el Olimpo de su pecho, acorazado como un argonauta, hasta el cubil de Pitón, donde la bestia de Hera guarda sus anhelados huevos, más allá de los primordiales montículos de su vientre ondulante.

Con su presencia el agua se calienta y empieza a sudar. En su máximo clímax sus secreciones se recrean con la espuma, rociando la arena con su sensual humedad, lamiendo a sus pequeños habitantes con los oleajes de la lujuria. Y se exhibe la blanca bruma en una fértil germinación que atrae las miradas de las estrellas.

Entonces un tintineo cristalino acude a esta llamada. Encima de las cordilleras béticas los astros responden con pestañeos luminiscentes, las constelaciones se manifiestan trazando dibujos en el cielo, y Delfín mueve su cola, inspirando al viento del sur el aleteo de un millar de pájaros.

La brisa marina se pronuncia, fluye con frescura alrededor de la luna y baja hasta el cuerpo lustroso de ese Heracles moderno que se despoja de las sábanas de agua que lamen su desnudez. Sus manos se acuñan en los movimientos de las olas, las conducen como si fuesen suaves telas para acariciar su cuerpo caluroso, que jadea, suspira y resopla sus bocanadas de aire hacia la brisa marina, impulsándola, dándole aliento para que siga su curso y busque su destino.

Sobre las miradas centelleantes de millones de briznas de arena, la brisa marina fluye con elegancia, moviéndose de un lado a otro, exhibiendo su cuerpo desnudo a la naturaleza que lo contempla.

Como una exhalación se adentra hacia las callejuelas empedradas de una ciudad vieja, pero llena de esplendor, que ha sido testimonio del nacimiento de Iberia y que ha presenciado a la Historia desenvolverse en su máxima efervescencia.

Resigue, como una serpentina, una sabina mora que contempla con anhelos el confidente mar de su tostada Cartagena. Se cruza con la mirada orgullosa de un pequeño ciprés, único en ese país, y sigue adelante, con la valentía del general Aníbal, surcando el cielo como una legión, acariciando la piedra de unos edificios colmados de memorias por contar.

Por encima de su oscilante trayecto y desde el interior de numerosas ventanas, miles de luces doradas brillan con la motivación de las fiestas de verano. Otras tantas descansan con el tenue resplandor que se filtra desde las calles, meciéndose en las músicas de la divertida ciudad y gozando con el caprichoso silbido del céfiro que entona canciones nocturnas entre las arcadas de los edificios.

Y entre toda esa fiesta y esas ventanas que bailan al son del siroco, la frescura de la brisa marina se encapricha de una vidriera entrecerrada en la penumbra de su intimidad. Danza hasta ella, con la alegría y el divertimiento de las tierras del sur. La contempla, admirando los motivos florales que la decoran, ensimismándose en sus colores.

Como si fuese el mapa de un mundo de fantasía, resigue los ríos de colores que trazan oníricos senderos alrededor de aromáticos pétalos de flor y entre las miradas de hadas bailarinas y ninfas que bañan sus desnudos cuerpos en las frescas fuentes que acurrucan la música de ocarinas de roble en sus aguas cristalinas.

Se aproxima a su destino con los sentidos maravillados y el habla muda. Atraviesa el puente de sueños de la abertura entre las dos cristaleras, y en su sigiloso paso, se deja engalanar por la reflexiva quietud del interior, por sus aromas colmadas de pensamientos, por el silencio meditativo que empapa los pliegues de unas primorosas sábanas que cubren un cuerpo de femeninos contornos.

Corre deseoso por debajo de la tela que cubre unas oscilantes carnes, resiguiendo una silueta de suaves montañas y praderas extasiantes. Las sábanas se levantan casi sin percibirse, un olor afrutado huye de entre sus piernas.

Los pies relamen el colchón, se frotan en un movimiento persuasivo. 

El anhelante céfiro, que busca con fruición el origen de ese olor, se desliza en un camino de empinadas subidas y bajadas vertiginosas, de excelsas curvas y cálidas caricias que se arriman al calor de un cuerpo que se debate en el silencio de unos movimientos lánguidos.

Al mismo tiempo ella arquea sus piernas, liberando un gemido. Sus manos se pasean por unos montículos de aspecto masticable. Las sábanas se adhieren a ellos, atraídas por la humedad del deseo. Un gemido ahogado se escapa entre los carnosos labios de la mujer, sus pezones casi traspasan las sábanas.

La humedad se impregna en ellas, diluyendo su textura en un mar de rosada lujuria. Un movimiento impulsivo termina por levantar las finas ropas mojadas, que casi dejan ver el cuerpo que se mece bajo su semitransparencia.

Sus agudos pechos, de pezones prominentes, demuestran la valentía de una amazona. Parecen resbalar, como dos lágrimas, que se vierten hacia los angostos valles de su cuerpo. Invitadas a hacerlo, sus manos, danzarinas, se deslizan por su trémula carne hasta un vientre cimbreado en el baile bochornoso de la seducción, inspirando a sus brazos finos y de piel tostada a dibujar el vuelo de los cisnes.

Entre unos glúteos culminantes, al igual que la cúspide de un monte, los impúdicos dedos de la mujer acarician una lubricada fruta en el máximo esplendor de su endogámica festividad. Los líquidos empiezan a correr, las aromas fluctúan, una cadena de gemidos estalla al exterior de unos labios carnosos como un colchón de sueños eróticos.

Luego se enciende una mirada de reojo, una sonrisa fugaz, moteada por la saliva que el movimiento de una lengua inquieta ha impregnado, y el vuelo de una cabellera más negra que la noche.

Entre sus dos brazos, dibujando una uve hacia su sexo, sus pechos cuelgan suspendidos, como dos frutas que han madurado y ya se pueden comer. La trémula carne se contornea, debatiéndose en movimientos longevos que acunan placeres inusitados y que no quieren terminar.

Su respirar agitado convulsiona su pecho, las sábanas caen al suelo. Se levanta, con los dedos aún en su sexo. Los labios abiertos salivan un néctar aceitoso que unta las yemas de sus dedos. Se los lleva a la boca, chupa y relame. El sabor la contenta, pero las inquietudes aún están a flor de piel.

Se viste con prisa. Una fina blusa y una falda que baila al compás de los vaivenes de su cuerpo. Zapatos de charol y el eco juguetón que queda tras sus pasos.

Sale a la calle, corriendo como una ninfa salvaje. El claqueteo de sus tacones se pierde en las alturas. Sus líquidos aún resbalan por el interior de sus muslos. El céfiro la persigue con hambre.

Mira al cielo, y ahí está la constelación de Delfín. Un brillo fugaz hace gotear su cuerpo, que vibra con el placer de un orgasmo súbito.

La fría roca se enciende al degustar sus líquidos, la playa aclama su llegada.

Se descalza con premura, clava los tacones en la arena. Allí aún continúa la fiesta. Las ostras cantan, los peces se besan, los pulpos danzan y las dunas titilan con la luminosidad de Delfín. 

Un impulso la motiva a quitarse la ropa, se la arranca con dos rápidos movimientos. 

De pronto las olas chocan contra la bahía con una furia espumosa, lanzando salvajes gotas contra el cuerpo de la mujer, que ahora baila desparramando la arena con sus movimientos felinos.

Los giros incontrolados la llevan directa al mar. Cae como un torbellino, chocando con las frías olas que estallan al impactar contra el calor de su cuerpo fogoso.

El vapor fluye alrededor de su cuerpo. Su piel brilla con la luminosidad de la constelación que la observa, maravillada. El céfiro la resigue y le indica un camino apenas insinuado.

Se deja llevar, deja su cuerpo flotar. 

Entre las olas sus pechos sobresalen como dos montañas, sus piernas confluyen en un puerto sumergido en las mareas.

La luna sonríe al verla pasar, se deleita con la música de sus gemidos.

Pero la melodía cesa de golpe, para dar paso a una voz más bella que la lira de Apolo:

—¡Qué grande es mi desgracia! Mi sexo está mojado, arde, me supura. Mis rojas carnes palpitan en sus adentros, salivando escozor. ¿Qué puedo hacer para complacer estos deseos que me queman desde el interior? ¿Quién saciará mi hambre, quién consolará los anhelos de mi cuerpo, quién calmará la inquietud entre mis piernas?

—¡Oh! ¡Por los Dioses! —exclama un hombre que flota plácidamente sobre las aguas iluminadas por la luna—. ¿De quién es esta bella voz? ¡Me fascina, me maravilla y siembra mis sentidos de inquietud! ¡Por favor, permíteme verte!
La figura de la impúdica mujer aparece entre las olas, reluciendo con la luz que la luna le lanza. Su pelo mojado se pega en sus pechos, sus ojos se fijan con hambre sobre el musculoso cuerpo que flota ante ella.

—¡Eres preciosa! —exclama él—, por favor, ¡déjame tocarte, déjame acariciarte, déjame besarte! Porque si no lo hago, ¡la vida ya no tendrá sentido para mí!

—Tu figura viril me abruma —dice ella, entonando su voz en una orgásmica sensación auditiva—, mi pecho tiembla, mi estómago parece volar, todo se condensa en mi sexo, ¡una sensación que no puedo explicar!

—Mi sexo agita mi cuerpo, quiere conocer tu nombre, las rimas de tu piel, las metáforas de tus pechos y las palabras escondidas en tu sexo. Por favor, ¡enséñamelas! ¡Me va la vida!

—¡Eres precioso! Tus músculos me excitan, tu voz me maravilla, la presencia de tu sexo me hace arder. Acepto tus súplicas, quiero que las hagas realidad en mi cuerpo, quiero que me penetres, quiero sentirte dentro de mí y quiero saborear tu nombre mientras me poseas. Entonces yo pronunciaré el mío y nunca se te olvidará.

—¡Posidón es mi nombre, mi lujuriante amada…! Y he nacido para satisfacer tu sexo…

—¡Ven! Mi fruta palpita. ¡Abrázame! Mi cuerpo arde. ¡Hazme tuya! Mi sexo quiere tu semen. ¡Poséeme! Porque si no lo haces, ¡moriré!

Los dos amantes se acercan, se juntan. Sus piernas se agitan, la bruma les rodea, el vapor inunda el ambiente. 

La suavidad del cuerpo de la deseosa amante es rodeada por unos brazos calientes y de venas hinchadas. Los racimos de sus pechos se levantan sobre el pecho hercúleo que bombea la sangre con una pasión explosiva. Sus piernas se abren posándose sobre la cintura de su nuevo amante, abriendo otra vez su puerto al miembro hinchado que la penetra con decisión.
Y en el cielo un grito se presenta con atrevimiento: “¡Nereis!”

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