Ashkata Tzin, protagonista de 'Vientos de una nueva guerra'



La bruja Ashkata Tzin subió los peldaños hasta la cúpula de la torre oeste del castillo de Xibalbá. Entre la espesura de esa noche opaca, en la que las nubes habían relegado su presencia, Fengarya se levantaba imponente en el cielo, como un gran agujero negro que comunicara el mundo Faheris con otra dimensión.
En uno de los cuatro pináculos de las almenaras, Kirtash Iktan se apoyaba con aire distraído, mirando a la luna negra y compartiendo sus íntimos pensamientos con ella. El exótico perfume de la bruja llamó al instante su atención.
—Ashkata… —pronunció con aire solemne la pirata.
—Ha llegado la hora. Reúnete con tus mujeres en la Perla Neptuniana. Partimos en una hora.
—A sus órdenes, mi señora.
Cuando la pirata, cuyo pelo crepitaba como una llama en un ambiente preñado por la magia de la bruja, se hubo ido y la cúpula de la torre quedó en silencio, llena únicamente con un olor afrutado y ácido, Ashkata Tzin cogió la vara que llevaba sujeta en el encaje de su cinturón. Al levantarla en dirección a Fengarya, la araña que custodiaba la perla negra de la vara se removió inquieta y una luz empezó a brillar alrededor de cada fino hilo que había trenzado sobre la perla negra. La bruja acompañó el olor de su perfume fluctuante con un aliento dulce que impulsaba palabras de las que un músico se enamoraría.
El rayo de luz subió portentoso hacia Fengarya, haciendo temblar la misma torre del castillo y emancipando una tormenta de rayos que coronó el cielo, el cual vibraba sobre la cabeza de la hechicera. El destello fue tan fuerte y el rayo tan intenso, definido y vital, que desde la distancia podría parecer uno de los mismos pilares de la tierra que sujetaban la bóveda celeste.
Después de él, se creó un silencio insondable, que sólo era el preludio de una misión que trascendería en la historia de Faheris mucho más de lo que los recelosos humanos de la Liga podrían esperar.
Mientras tanto, en el extremo norte de la isla Estado de Maruati, en la cumbre de una montaña legendaria que guardaba en su pétreo interior la ciudad fortaleza de Tepeu, una princesa incauta observaba con ojos atentos el rayo de energía que brillaba en el sur, partiendo el mismo cielo en dos y levantándose más arriba de lo que la vista llegaba a ver.
En su corazón una angustia nació bombeando la sangre con intensidad. Sus labios finos, rojos como la sangre y de una intensidad de color mágica en contraste con su piel clara, pronunciaron unas palabras para sí misma. Su voz sonó angelical, cómplice a su melena dorada de brillos níveos. Se agachó con un movimiento ágil y arrancó las hojas de una planta llena de vigor. Las observó un instante, para luego ponerlas en uno de los pequeños bolsillos que colgaban en su cinturón.


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