La mujer en el lienzo

Irene Comendador, la fantasía más fascinante de mi vida,una fantasía arrebatadora, subyugadora, dominante…Para ella es este relato.

“…pero un minuto después, cuando aún contemplaba, tembló, y se volvió muy pálido, y fue presa de terror; y gritando con una voz estentórea: —¡En verdad es la vida misma!—…”

‘El retrato oval’ de Edgar Alan Poe.

Óscar Simón era un chico intrépido y algo osado. Sus más allegados a él decían que era un chico cuyas andanzas hablaban por él, que llevaba la aventura en su interior. Efectivamente, este chico vivía para experimentar fuertes emociones, impactantes, que le hicieran sentir vivo, tal y como él decía.

Óscar se encontraba en el mejor momento de su vida.

Decía sentirse feliz, afortunado y satisfecho. Su vida transcurría enérgicamente, y todos sus días estaban salpicados por la diversión y las emociones.

Justo después del verano él publicaría su tercer libro. Un compendio de relatos eróticos. Sí, era bueno en ello. Se implicaba muy profundamente y les impregnaba lujuria, desenfreno, y a la vez sonaban románticos, con cierto toque lírico. Lo llevaba en la sangre, y no sólo el saber escribir, también la morbosidad y el glamour.

Por eso, su literatura estaba disfrutando de un éxito muy satisfactorio, y sus proyectos e ilusiones crecían y se desarrollaban con convicción.

El día de su vigesimonoveno cumpleaños, Óscar se planteó hacer un viaje un tanto diferente. Sin ostentosos hoteles, sin visitas guiadas, sin transporte caro, sin tener que ir muy lejos.

Cogió su mochila, un poco de ropa y provisiones, el dinero suficiente para pasar una semana y su cuaderno y lápiz; y se fue solo, a pie, a viajar por los altos valles del Aragón.

Quería sentir el contacto con la naturaleza, tener que espabilarse solo, sin los lujos y las servidumbres. Quería vivir plácidamente una semana, alejado de todo, desconectado de la urbe, del mundo humano. Quizá, hasta conseguiría nuevas ideas y se inspiraría para escribir nuevos relatos, o quizá una novela, quién sabe.

Así que, Óscar Simón, con sus 29 años recién cumplidos, cogió su mochila y se fue andando hacia el alto Aragón, sin mirar hacia atrás, sin vacilar ante la pesadez de la dificultad.

Recorrió muchos quilómetros, descubrió lugares insólitos, de gran belleza, y también conoció a algunas de sus gentes, que vivían más apartadas, en el bosque o en las cabañas de sus propios cultivos en los prados.

La experiencia le estaba enriqueciendo gratamente, y durante esos días su lápiz no paraba de pasearse excitado y emocionado por el antes vacío y blanco cuaderno que se llevó el día de la partida.

Pasaron tres días cuando Óscar decidió escalar una montaña de exuberante verdor. Se internó a primera hora de la tarde, esperando poder encontrar una cabaña o una masía en sus lomas, donde la amabilidad de sus dueños le permitiera pasar la noche. O, si no fuera así, calcular el tiempo suficiente para poder bajar antes de que desapareciera el sol por el oeste y quedarse otra noche en la cabaña de ese solitario pastor, que lo acogió con alegría y hospitalidad.

Realmente ese frondoso verdor era espectacular. Los ojos de Óscar brillaban con inaudita emoción al contemplar un paraje natural tan excepcionalmente bello.

Gozó con cada nueva visión, y se maravilló cada vez que veía algún animal salvaje corretear entre la opulencia de esos árboles, de esas plantas y hierbas.

El tiempo pasaba veloz, y durante unas cuantas horas que parecieron raudos suspiros, Óscar paseó emocionado por ese bosque, y también por el ancho cuaderno, a lomas de su lápiz.

El día se estaba terminando. En las alturas —cuando un claro circular en medio del bosque se lo permitió— pudo ver como el sol ya se preparaba para ir a dormir. Pensó que ya era hora de volver a bajar, antes de que la oscuridad le cogiera desprevenido. Así que se despidió efusivamente del entorno, como si los árboles le pudieran oír, y giró alegremente hacia el camino de bajada.

Pero antes de que diera su primer paso, vio algo de refilón en las alturas que le fascinó. Una construcción de roca, del medievo sin duda, quizá del siglo XII o del XIII. Desde donde estaba, entre tanta vigorosa naturaleza, podía ver muy poco de la construcción, y tanto podía ser un gran castillo, como una simple torre vigía, un frontón algo poco más grande, o quizá… quizá una masía.

Deliberando en este asunto Óscar se paseó dando saltitos de un lado a otro del camino. La idea de ir a descubrir lo que era eso le seducía la mente. Además no era un mal plan, pues sería un buen sitio para pasar la noche, más aun si era una masía y sus dueños le alquilaran una habitación.

Aunque la idea que más le seducía era que fuese un castillo. Pues nunca había visitado un castillo, y sólo pensarlo se emocionaba de buena manera.

Así que con paso decidido empezó a subir la loma en dirección a esa construcción recientemente descubierta.

No pasó más de una hora cuando la figura de Óscar se recortó, fina y entrañablemente, a los pies titánicos de un castillo de utopía que se dibujaba espectralmente delante de una fastuosa explosión solar que caía con un peso de ensueño hacia las escarpadas sierras del norte. La construcción era impactante: con unas murallas nobles e impertérritas, unas torres altas como gigantes, y un ciclópeo palacio central que parecía un coloso dormido.

Los últimos rayos del sol relamieron la roca de esa noble arquitectura, antes de perderse con escabrosa brusquedad detrás de los cerriles picos del norte.

Ya en plena oscuridad, Óscar escudriñó detenidamente la muralla para encontrar una posible entrada. A unos pocos pasos al este encontró una obertura circular perfectamente tallada, de la cual pensó que podría haber sido una salida de desperdicios o de algún riachuelo cuya corriente de agua se había secado mucho tiempo ha.

Se fijó en unos trozos de barras de hierro quebradas y corroídas, que salían tímidamente y con disimulo de la roca. El tiempo pasa factura a todo, hasta al hierro y a la atrevida química, pero ese castillo formidable seguía intacto y con un estado de conservación admirable.

Se internó lentamente por el agujero, recorriendo agachado todo el grosor de la muralla. Cuando llegó al otro extremo descubrió que a ambos lados del castillo se alzaban unos pequeños y discretos palacios, pero de un gusto y un diseño remarcables.

La puerta de uno de ellos estaba entreabierta y la curiosidad le incitaba a acercarse a husmear. Así que, con sigilo y disimulo, se aproximó a la entrada, y cuando estiró la cabeza para mirar en el interior, poco más que sombras y figuras difuminadas pudo ver.

Se quedó un rato así, vigilando y husmeando, y cuando estuvo un poco más seguro, se internó con pasos lentos y cautelosos. Al rato las pupilas se le acostumbraron a la vaga luminosidad que entraba a través de las ventanas. La Luna, ahora en su cénit, hilaba en plateados abanicos rayos fríos y delgados que chocaban contra varios objetos de la sala.

Entonces pudo empezar a percibir unas estanterías, una gran mesa redonda flanqueada por varias sillas, cuya carcomida madera había caído subyugada al paso del tiempo; una chimenea y algunas alfombras de estilo arabesco.

Rápidamente identificó dos grandes candelabros encima de la mesa y se acercó a ellos con premura. Sacó las cerillas de la mochila y encendió algunas de las velas que aun quedaban. La luz emanó de ellas con leve intensidad, disparando rayos dorados que revelaron más al fondo una magnífica escalera que subía hasta un segundo piso.

Óscar contempló ese tramo de magnos escalones con verdadero afán, y no perdió un segundo en seguir su trazado que le conduciría hasta un segundo piso lleno de nuevas sorpresas y misterios. Pero no había subido unos pocos peldaños cuando se paró en seco. A sus pies se encontraba un puñado de papeles esparcidos en varias direcciones. El papel era antiguo, pero no tanto como para remontarse a la Edad Media. Además, al instante descubrió que todos los papeles estaban fechados

Con velada curiosidad los cogió uno a uno y los fue ordenando según la fecha que ponía en ellos. En efecto, la antigüedad no era muy considerable, pues las datas se remontaban a poco más de cincuenta años atrás.

Parecía un diario, o unas memorias escritas con sublime caligrafía.

Óscar se sentó en posición distraída sobre los peldaños, con los papeles en su regazo, y empezó a leerlos con fruición:









>> 22 de febrero del 1948

Hoy empiezo a escribir estas notas, y la verdad no sé porque lo hago. Quizá es ese sátiro que algunos tenemos dentro, ese gusano que nos corroe y nos obliga a liberar nuestros más íntimos secretos para gozar del impacto que éstos puedan tener sobre las demás personas, más ilusas, más inocentes.

Creo que algunas otras veces me ha pasado. Y no es un disparate pensar que la mayoría de las personas, alguna vez en la vida, ha oído, ha sentido ese reclamo interior, ese sátiro enmascarado con la falsa presunción de una dignidad humana. Pues todos tenemos en nuestro interior, por muy mojigato y austero que sea uno; un sátiro, un demonio de la perversión que nos incita a la autocomplacencia mediante la pedantería y el jactarse de lo depravado hacia los demás. Que nos incita a la fanfarronería, a contar las depravaciones más ocultas y más profundas.

Y es la perturbación y la angustia que crean estas fanfarrias a los demás lo que nos vuelve locos por dentro, lo que nos satisface y da placer. Pues lo que desata todo este tumulto, es precisamente la mórbida vena que sacia esos placeres hambrientos de las entrañas más oscuras, que se mantienen alejados de la luz con abstinencia… Y es cuando llega la oscuridad, la anónima y vacía oscuridad que nos envuelve con su velo y cierra las puertas de lo íntimo, cuando dejamos salir este demonio voraz, que necesita saciar sus apetitos con avidez.

Quizá sea este el asunto, aunque no es una excusa moral el exponerlo con estos términos, digamos, sobrenaturales, un tanto outre, ajenos a nosotros… Ya que por mucho que apelen a la metafísica inmaterial, directamente se refieren a algo de nosotros mismos, que vive en nuestro interior, por muy quimérico que parezca. Por eso digo que no creo que sea una excusa moral válida, aunque trate de justificarme con ello, con la perversión que me provoca el poder regocijarme anónimamente. En mi imaginación quizá sí que es válida, esta excusa, y también, aunque parezca descabellado, en el saber de que toda esta morbosidad de hechos que os voy a contar, alarmará a la mayoría de las personas que creen estar entre los dominios de la cordura y de lo sensato.

No obstante, no quiero que se me malinterprete, pues tampoco necesito una excusa para poder regodearme de la pusilanimidad de los demás ante mis palabras anónimas, ya que, admito, que el demonio de la perversión soy yo mismo, si lo llevo en mi interior, también es parte de mí. Y por eso me llena de morbo poder alardear de lo sucedido, pues es tan lujurioso y tan placentero, me ha embriagado tanto de júbilo, que tengo por absolutamente seguro que a cualquier hombre del planeta le delectaría tanto como a mí.

Es una experiencia sexual irracionalmente asombrosa y de escándalo, que no tiene cabida en lo ordinario, en lo normal. Una felación inusitada, salvajemente increíble, que jamás, ni en los sueños más oscuros y atrevidos, uno se llega a imaginar.

Y ahora, teniendo esta experiencia tan fabulosa que me seduce con capricho, lo que más ganas tengo es de alardear con los demás, de contarles lo que me ha sucedido, y que ellos, sin poderlo experimentar, sin haberlo sentido, se socaven en la envidia y me admiren con celos y rencor.

Pero antes de todo, creo que debo contar cómo llegué hasta aquí, para que los afortunados lectores que vayan a caer bajo el influjo de los demonios burlescos de la envidia y la desazón, puedan admirar mi historia, y mi hazaña en ella.

Bien, todo empezó hace tres días, es decir, el decimonoveno día del segundo mes del cuadragésimo octavo año del actual siglo XX.

Mi viaje me había llevado hasta una carretera secundaria que no figuraba en los mapas. Esta carretera aparentaba atajar muchos kilómetros hacia la provincia de Lleida, y además estaba muy cansado como para dar más rodeos por el alto Pirineo Aragonés. Así que, dispuesto y seguro de mi decisión, me adentré por ese trayecto zigzagueante que cruzaba un bosque de exultante verdor.

Me maravilló esa profusa vegetación, tan lujuriante y opulenta que hubiese despertado la envidia de una Yvranna. Estaba perdido y dominado por ese magnífico verdor, tan intenso y tan profundo que me poseía. Me pareció estar cruzando un lugar secreto, cuya augusta naturaleza había crecido ajena a la profana raza humana. En mi imaginación se mezclaban maravillosos recuerdos del mundo de Fantasía y las imágenes celtas más prodigiosas de la admirada Torre de Thor, y sus alrededores de Glastonbury.

De súbito salí disparado de mi ensoñación cuando el motor de mi coche cesó de su labor y empezó a expulsar una densa emanación de grises humos. No avancé muchos metros más a base de sacudidas hasta que al final el rugido del motor se consumió en un gorgoteo pausado y endeble.

Asqueado y enfadado a la vez salí del coche y le di una patada. Miré a mis alrededores. Por aquí era más que improbable que pasara algún otro coche, y menos que hubiera sitio alguno habitable, como una casa o una cabaña. Grité alguna exclamación que ahora no recuerdo.

Me había quedado tirado en medio de la nada, perdido y sin orientación. La única opción que tenía era seguir avanzando a pie, pues no me podía quedar en el coche, esperando el posible paso de alguien, ya que la carretera era de lo más desconocida.

Cogí agua y provisiones para varios días y emprendí la marcha. Al cabo de pocas horas andando por el frío y duro asfalto me topé con un caminito que subía con agreste pendiente por encima de la loma de un turón.

Contemplando más atentamente vi en las alturas lo que parecía ser un castillo o una fortificación. Subí trabajosamente la ladera del turón, con un entusiasmado moderado por mi nuevo descubrimiento. No tardé mucho en llegar a los pies de ese magnífico castillo, que parecía flotar en medio de la bruma hibernal como un titán de ensueño.

El frío que hacía ahí arriba me calaba los huesos, y las crueles ventiscas me empujaban a entrar para refugiarme. Así que con paso decidido crucé las murallas de ese castillo de utopía a través de un pequeño agujero —aunque suficientemente ancho para que pasara un hombre de media estatura— que me llevó ante dos exquisitos palacios ornamentados con todo tipo de deslumbrantes obras arquitectónicas.

Elegí el de la derecha —pues la puerta estaba entreabierta— e ignorando lo inverosímil de este hecho, me adentré con paso cauteloso.

Al estar dentro mi malestar anterior menguó considerablemente. La sala principal de ese palacio era una delicia, una exquisitez para todos los sentidos. Estaba amueblada con gran gusto, y cada pieza y cada mueble se encontraban en un estado de conservación sorprendente y admirable.

Encendí un candelabro que encontré encima de la mesa principal. Las velas estaban medio ajadas, pero aun servían. Entonces descubrí la majestuosa escalera que conducía a los niveles superiores.

Con paso ágil subí hasta el segundo piso, donde me paré en seco. Las paredes estaban llenas de pinturas y frescos que seducían mi intelecto y mi mirada. Algunas de ellas destacaban con una destreza admirable, y su tamaño y su detalle hubieran despertado la envidia de un Doré.

Me paseé un buen rato, admirando las pinturas y los cuadros. Estaba tan pasmado y tan sorprendido que no podía parar quieto, no podía seguir ningún orden, ni podía detenerme con atención y calma ante ninguna de estas obras, ya que al instante de presenciar una de ellas, alguna otra llamaba de nuevo mi atención y me obligaba a dirigirle la mirada con apremio.

Me pareció estar en un paraíso de visiones deslumbrantes, donde la historia y el tiempo se paraban ante mis pies para mostrarme desde una ventana infinita nuevas perspectivas y nuevas visiones de un mundo inaudito.

A todos lados se abrían estas ventanas infinitas, que desembocaban magistralmente hacia visiones privilegiadas que sólo aquellos que viven en el Paraíso pueden llegar a contemplar.

Reseguí, como digo, cada pared y cada fresco, cada pintura y cada elocuente retrato, cada cuadro de ensalzada fantasía y hasta el último de los neurálgicos lienzos que perforaban mis adentros.

Pasaron las horas y el sueño empezó a invadir mi mente. Pero con el frío que hacía estaba seguro que no podría dormir bien, así que busqué algún indicio de leña o de maderas que pudieran servir para encender un fuego.

En una esquina de la sala había una especie de mueble de hierro fundido que albergaba una enorme cantidad de leña. Me sentí afortunado y contento. Cogí unos cuantos troncos y los metí en la chimenea. No me costó demasiado encender el fuego, con el papel que llevaba y las cerillas me fue fácil.

Ahora, a la templada y amable luz del fuego me sentí a gusto y cómodo, y decidí ponerme a dormir y disfrutar del sueño.

Había varias camas, pero ninguna de ellas como la que reposaba como flotando enfrente de la chimenea. Era grande y libidinosa, y estaba sondeada por las telas más lascivas. En ella descansaban unos cojines aterciopelados, con colores y formas de lo más obsceno, sobre unas sábanas de seductoras texturas que dibujaban viciosamente figuras de impúdico erotismo.

No dudé un sólo instante, y me acomodé con gusto y placer entre sus sábanas y sus cojines. Las telas eran suaves, como besos de ángel, como el pelo de una sirena; y tan dulces que me parecía estar navegando entre las pieles de una ninfa del río.

Los sueños que me balancearon en mi reposo ensimismaron mi mente y mi espíritu, haciendo volar mi imaginación con enérgicos pero suaves aleteos. Pero mi sueño no estaba destinado a ser demasiado prolongado, pues, de pronto, algo me sacó de mi ensoñación y me despertó con vacilante insomnio. La luz de la chimenea se balanceaba de un lado para otro, iluminando vagamente las cercanías de la cama. Pero de pronto esa luminiscencia produjo un efecto absolutamente inesperado e inimaginable. Los halos de luz de las crepitantes llamas cayeron entonces sobre un rincón de la sala, el cual una de las columnas de la cama había estado cubriendo hasta entonces con una sombra profunda.

Y entonces, llegado el momento, sea capricho del destino o la buenaventura de mi sendero, llegué hasta ella.

Ahí, justo ahí. Ahí la divisé, inesperadamente, ahí estaba ella. La mujer en el lienzo…

La divisé ahí, al lado de una mesita de noche que la había mantenido oculta parcialmente hasta entonces, pero que ahora, gracias al inesperado reflejo de la luz crepitante del fuego, había podido llegar a distinguir.

Era el retrato oval de una joven ya casi mujer.

La observé muy rápidamente, pero de inmediato cerré los ojos, movido por una especie de temor. ¿Por qué? No sabría decirlo. Al principio no lo podía entender, pero mientras mis ojos estaban cerrados analicé rápidamente la razón que me los había hecho cerrar.

Entonces me di cuenta que había sido un movimiento totalmente involuntario para ganar tiempo y para pensar —para digerir lo que mi vista había dado entrada a mi interior— y para prepararme a un nuevo examen, más frío y atento, que me permitiera asegurarme que lo que había visto era real y mis ojos no me engañaban.

Al cabo de un rato, volví a abrir los ojos y observé el cuadro con fijeza.

Ahora ya no podía dudar, aunque quisiese, de que lo que estaba viendo era real, de que no estaba soñando, de que la tenue luz de la chimenea me había sacado de mi estupor ensoñado.

El retrato, como he dicho, era el de una mujer. Estaba desnuda, con los brazos estirados hacia ambos lados, ofreciendo un imaginario abrazo pero que parecía que su calor se podía sentir ya.

Toda su silueta y su figura eran divinas. Nada había visto en mi vida más admirable, y me sentí maravillado y poseído por esa belleza que se recortaba tan finamente, con tanta singularidad que parecía sobresalir vivamente del bosquejo que hacía de fondo.

Alrededor de toda su silueta y desde cada punta de sus cabellos dorados, pasando por sus dedos y las curvas de su torso, parecía brillar una especie de aura mágica —si algo mágico he contemplado en mi vida, sin duda, eso ha sido— pero que de vez en cuando se acrecentaba, intensificándose; y otras veces se apagaba por un rato, ¡para volver a brillar con magnificencia y esplendor!

Tan pasmado me quedé con esa contemplación, que no pude desprender mi mirada de esa obra mágica y de esa inmortal belleza. Y me sería imposible decir que en ese momento sólo la magnificencia de la obra en sí me tenía en cautiverio, más aun no creer en lo que me decía mi imaginación, saliendo de un sueño a medias, para contemplar un retrato de una mujer que por un instante me sonrió como una persona viva.

Sería insensato creer todo esto, pero lo sería aun más no hacerlo, cuando esa visión me había despertado de los sueños para insinuarme un abrazo y mostrarme una sonrisa tan viva y penetrante que hubiese despertado la admiración del mismo Da Vinci.

Meditando en estas reflexiones —y muy vivamente— permanecí medio tendido, medio sentado, dos horas enteras quizá, con los ojos clavados en ese retrato, como poseídos por un embrujo. 

Al final me decidí por creer que lo que me había encantado de la pintura era su expresión vital, absolutamente adecuada a la vida misma, que en el primer instante me había hecho estremecer, para luego confundirme y subyugarme en un embrujo de maravilla absoluta.

Empecé a perderme en su cuerpo blanquecino, en sus fértiles curvas, en sus tiernos trazados, en la infinidad babilónica de matices y de sensaciones.

Mi cabeza volaba entre pensamientos sobre los que ni el más atrevido de los visionarios hubiese meditado jamás, perdiendo la noción del tiempo, del espacio y también de mi propio cuerpo.

Sentí como si mi alma flotara, como si el espíritu despegara el vuelo. Me pareció levitar y perder todo contacto con la realidad.

Tan mareado y desorientado me sentía, que hasta la conexión con mi cuerpo parecía desintegrarse. No podía apartar la mirada de su cuerpo desnudo, lujuriante y sensualmente abrasador.

Mis ojos corrían de una forma vertiginosa alrededor de sus rosados senos, de su pálido pero fértil vientre, por entre las praderas de su cintura, a través del valle entre sus nalgas y hacia el lecho de su fantasioso sexo.

Ahí me quedaba atrapado, contemplando la prominente fruta que se abría jugosa y comestible.

Tan atrapado estaba, que no pude evitar abrir los brazos, deseando que ese abrazo quimérico llegara hasta mí para ruborizarme y estremecerme hasta lo insospechado, hasta lo inimaginable de la viva lujuria jadeante.

Cerré los ojos y entonces sentí una caricia. Era tan suave que casi había sido imperceptible, pero fue su efecto lo que me envolvió con abrumadora y total sensación, como las ondas que se forman en un lago al caer las gotas de la lluvia.

Todo mi ser vibró, y cuando digo mi ser no sólo me refiero a mi cuerpo, sino que hasta mi espíritu y mi alma se regocijaron con ello.

Entonces volví a sentir su cálido contacto, esta vez en mi frente y en mi pelo. Fue una caricia más prolongada, de más duración, que me estremeció y me excitó de igual manera. Y no por la idea de que me encontrara solo en la sala, excitándome y teniendo una erección descomunal ante el retrato de una lujuriante mujer de magnífica belleza, sino todo lo contrario, ya que podía sentir y creer en la cálida presencia que me estaba envolviendo y que poco a poco me abrazaba.

Abrí los ojos entonces, pero no por mi propia voluntad.

Su pelo dorado volaba en un aire que no soplaba y algunos de sus mechones acariciaban mi rostro, acurrucándose con erógenas caricias sobre mi pecho y mis hombros.

Sus labios carnosos dibujaban una sonrisa moteada por las gotas de su saliva, que humedecía el ambiente y parecía calentar todo el entorno.

Sus pezones rozaron mi pecho, motivando un escalofrío que sacudió con excitación todo mi cuerpo. El baile también se desarrolló en el suyo, moviéndolo con la elegancia de un cisne y con la morbosidad de una serpiente.

Sus blancas carnes vibraron, esbeltas y firmes, y aun más sus pechos, que se contorsionaron en un lujuriante espectáculo, cuales faros de luz que te llenan de asombro.

De pronto vi que la mujer se agachaba sinuosamente, moviendo sus caderas y haciendo bailar todo su cuerpo en un embrujo reptilesco. Entonces noté sus dedos sobre mi encorvado pene, y como sus yemas acariciaban todo su contorno abultado. La otra mano bajó mis calzoncillos, liberando así mi miembro duro y caliente al que se aferró una de sus manos.

Me lo agarró con fuerza, y presionando con mucha intensidad, me flexionó la piel hasta la base, destapando el glande hinchado y ardiente que lamió con una fruiciosa degustación. Su lengua empapó todo mi pene, paseándose y degustando aleatoriamente con cortas y largas relamidas que recorrían todo mi sexo.

Con fuerza volvió a subir la mano, aferrada con destreza al volumen de mi miembro. Mientras, con la otra, acarició todo mi vientre hasta llegar a mis huevos, con los que se entretuvo jugando. Noté la caricia suave pero rasposa a la vez —cenital pero que se esparcía por todo mi miembro— de su lengua juguetona, lamiendo mi glande como si de un caramelo se tratase.

Entonces llegó el abrazo labial, cuando sentí que todo el perímetro de mi glande era acariciado por la rudeza y la esponjosidad de la carne de sus labios. Vi, con deleite y excitación, como su boca abarcaba toda mi polla y se la metía adentro con una gula casi perversa. La chupaba y la relamía arriba y abajo, mientras con una mano jugueteaba con mis muslos y mis huevos, y con la otra estrujaba fuerte la base de mi pene, sacudiéndolo con éxtasis.

Eran tan rápidas las sacudidas que mi erección se encabritó, y todo mi ser fue poseído por una salvajería irreconocible que aun ahora me cuesta llegar a creer.

Sentí la enormidad de su mamada por todo mi pene, sobre todo en el glande y un poco más hacia el centro, sobre la parte exterior en la que se hincha el conducto por el que es conducido el ardiente semen.

Su rugosidad se clavaba en mi carne, me hacía palpitar las venas y calentaba toda la longitud de mi miembro con sobrenatural conducción. Era como si de pronto una barra cilíndrica se hubiese encendido con ardiente fuego dentro de mi polla.

La eyaculación estaba próxima. Los tamborazos que la anunciaban sobrevinieron con inaudita intensidad. Sentí con éxtasis que el semen subía dentro de mi polla y su contacto electrizante sacudía todo mi miembro.

Apreté frenéticamente, con fuerza y locura.

Grité y jadeé…

Di golpes contra la pared, mientras pronunciaba pecaminosas palabras que rebotaban atrevidas y obscenas.

Mientras su boca se tragaba todo el pene, los labios llegaban hasta la base y su lengua se paseaba con locura por toda la piel. Y entonces el semen subió y subió, con una potencia de vértigo. Todo mi cuerpo se sacudió y los espasmos se dibujaron con obscenidad.

Ella deslizó su boca hasta la punta del glande, donde el alargado orificio se abría como una manguera. El semen salió disparado con una ráfaga de fantasía, como un rayo blanco que ilumina la oscuridad vacía de la noche.

Se le llenó la boca, produciendo un sonido esponjoso y de goma rozándose. Empezó a tragar, con los ojos muy abiertos y su pecho agitándose y bombeando a toda velocidad.

Nunca había eyaculado con tanta potencia, provocando tantos tamborazos que dispararon la corrida hasta la garganta de la mujer.

En ese instante se cruzó un pensamiento obsceno en mi mente que hubiese despertado la indignación y hubiese escandalizado a las gentes más tradicionales:

                >> Me pareció como si la mujer se alimentara de mi pene, sujetándolo como el mango o el surtidor de un brebaje, tragándose todo el ardor de mi corrida. <<

Entonces ella paró de beber, liberó mi miembro y alejó la boca, entreabierta. La lengua se paseó fugazmente por sus labios, saboreando cualquier resto lozano.

Yo estaba jadeando, exhausto y levitando en un clímax. Ella sonrió, y entre una infinidad sardónica de gritos obscenos se levantó, abriendo sus brazos y rodeándome con ellos. El lecho de su cuerpo me abrazó. Sus pechos se amoldaron a mi pecho, se apoyaron, redondos y acurrucados.

Temblando de éxtasis me sentí perdido entre sus carnes, amoldado a su cuerpo, recostado en sus suaves senos, en su tierno vientre. Era como reposar después de una descomunal actividad y esfuerzo físico en un lecho de esponjosa maravilla.

Sus pechos me acaronaron, sus dedos dibujaron trazados insólitos y extraños en mi espalda, sus labios susurraron con dulzura y un olor afrutado palabras de sibilino secreto.

Y entre su dulce aliento, también pude sentir los aromas de su coño húmedo, de sus pechos untados con el brillante sudor y de todo su cuerpo que ahora parecía fusionarse con el mío, como si uno de los dos devorase al otro.

Entonces me sentí poseído por un desvanecimiento somnífero. Sus brazos me acompañaron como levitando a la cama, y vi como ella volvía, medio ángel medio hada, volando como un ser de ensueño hacia el interior del lienzo para volver a reposar y a sonreír fantasmalmente.

Dormí plácidamente entonces, descansado y con relajada pasividad. Pero antes de que el sol hubiese asomado por el este, desperté con respirar inquieto, trastornado por una visión fantasmagórica y por una idea a penas insinuada. Como un susurro que navega entre las hojas marrones de los árboles y que cae y se pierde como su misma perennidad.

No entendí de inmediato la fuente de mi inquietud, pero antes de que recobrara la visión de entera vigilia, giré repentinamente la cabeza, con una sacudida, con un reflejo espontáneo. No sé porque sentí este inesperado terror, pero me calmé al instante cuando vi que el lienzo, que la mujer en el lienzo, seguía a mi lado. Y de pronto me di cuenta, con fascinación, ¡que su postura había cambiado!

Del mismo modo que antes ella estaba de pie, pero su expresión y su cuerpo salpicado por el sudor aludían a un cambio, casi imperceptible, pero esencial; casi invisible, pero básico.

Esa mirada, ese gesto, ese suspiro inapreciable, pero advertido; esa intrínseca lujuria… me insinuaban, efectivamente, la verosimilitud de lo sucedido la noche anterior…

Me incorporé con lentitud en la cama, sin dejar de mirar su cuerpo desnudo. Sus ojos también parecían clavarse en mí, y su libidinosa sonrisa me llenaba de sensaciones imposibles de describir.

Me acerqué hacia ella, extasiado y como poseído, tratando de percibir su aroma o sus lujuriosos gemidos. Quería tratar de saber que seguía ahí y que volvería conmigo, que no me dejaría solo. Acaricié su rostro en la tela, y mientras la yema de mi dedo fregaba con el áspero lienzo, sentí otra vez su voz. Estaba dentro de mi cabeza y me llenaba completamente.

Me quedé horas enteras maravillado, postrado a sus pies, extasiado y encandilado con su figura, con su aroma y con su voz; hasta que el rugido del hambre exigió mi atención.

Con pereza me levanté, y me costó un gran esfuerzo poder girar la mirada y dejar de observar su precioso cuerpo pálido. Con paso lánguido fui hacia la cocina, lentamente, con mucha lentitud, ya que con cada nuevo paso me alejaba más de ella, y cada vez que estaba más lejos, peor me sentía y más ganas tenía de volver a estar a su lado.

Me preparé una comida ligera pero abundante, pero al sentarme en la mesa sentí un nudo en el estómago y un sentimiento de apatía generalizada. No pude contener mi mirada, y de pronto me descubrí admirando de nuevo el retrato de la mujer en el lienzo. Cogí los platos y me levanté con decisión. En un instante me volví a postrar a sus pies, y totalmente subyugado comí en paz y con deleite ante la maravillosa mujer que me sonreía con una luz infinita en su mirada.

En este momento el recuerdo se vuelve borroso. No sé en qué instante caí otra vez amodorrado y me dormí profundamente durante todo el día. Tuve sueños raros y extravagantes, pero antes de que pudiera entenderlos, me desperté con una excitación sofocante y un deseo implacable de sexo y placer.

La mujer me sonreía, y de pronto, toda su figura empezó a brillar como la primera vez. Sus brazos se voltearon sinuosamente, y ese movimiento se transmitió por todo su cuerpo, volviendo a bailar con un embrujo reptilesco. Su torso se inclinó hacia delante, y sus brazos se alargaron en la misma posición, y juntándose sus manos, empezó a ascender como del fondo de una profunda piscina y salió de nuevo, medio hada medio ninfa, de las aguas oleosas y de colores pastel.

Se posó suavemente de rodillas y me miró moviendo la cabeza con giros suaves y amortiguados que dibujaban en el aire azarosos trazos galácticos. Sus gemidos volvieron a flotar en el aire, cada uno con diferente intensidad y con timbres distintos. Se arremolinaban a mí alrededor, para luego perderse a mis espaldas.

De pronto se movió hacia delante y sus manos se posaron en el suelo. Su figura bailaba de un lado a otro, contorneando trazos serpenteantes. Y mientras sus esbeltos movimientos y su lujurioso baile me poseían totalmente, empezó a gatear hacia mí.

Sus manos llegaron hasta mis rodillas, luego hacia mis piernas y subieron por mis nalgas, acariciándome y excitándome con sobrenatural intensidad. Sus dedos resiguieron sutilmente la curvatura de mi pene, y continuaron su sicalíptico camino por encima de mi vientre y a través de mi pecho.

Esas caricias me embriagaban con el deleite de la perversión, y los escalofríos se deslizaban por todo mi cuerpo como ágiles peces. Y entonces sus caderas llegaron sobre mi pelvis, se posaron encima de mí, calentándome impúdicamente. Sentí todo su sexo posarse encima de mi miembro, envolverlo con su calor y sus lúbricos líquidos. Los dulces aromas empezaron a flotar, llegando hasta mi olfato.

Su lengua lamió mi cuello, y su sabor afrutado penetró mi boca cuando sus labios mojaron los míos. Me metió la lengua dentro de la boca y la sentí moverse con frenesí y locura, relamiendo todos los rincones.

Extasiado con este placer no me di cuenta que sus manos ya habían bajado mis pantalones, y mi pene estaba rígido y ardiendo en dirección a su vagina. Ella colocó los labios de su humedecido coño alrededor de mi capullo, lo que provocó una sacudida espasmódica por todo mi torso. Se movió muy lentamente hacia delante y hacia atrás, haciendo fregar su vagina con el falo que se erguía duro entre mis piernas.

Entonces, con un movimiento rápido y enérgico, se enderezó sobre mi miembro, clavándose en mí como un fruto maduro y blando. Sentí un leve dolor al penetrarla tan repentinamente, con un golpe seco, pero mi dolor fue reemplazado por el súmmum placer del sexo.

De la forma con la que me miraba, sentada encima de mí, me transmitía los perforadores deseos de todo animal depredador. Feral, colérica, salvaje; su expresión hambrienta se desataba cada vez más, desinhibiendo la locura y el frenesí. Y la ansiedad con la que me follaba, casi saltando una y otra vez encima de mí, levantando las caderas tan arriba que mi pene salía de su interior por instantes, llevándose con ella gotas de dulces aromas que se desprendían en finos hilos y untaban la piel esponjosa que cubría mi polla como una manta aterciopelada; enfebrecía mi mente con una dulce agonía.

Yo me la miraba sin poder reaccionar, sin poder actuar de ningún modo, pues estaba subyugado a ella, y el espacio entre sus caderas, ese valle entre sus piernas, me poseía la mirada y todos mis anhelos con autoridad. Su sexo era como un pastel de dulce ambrosía, un pastel hecho de frutas y licor, que me embriagaba a la vez que me untaba con los líquidos más melifluos que se pudieran imaginar.

Pues cuando mi glande rozaba sus labios, una crema lozana parecida a la nata, lo untaba con excrecencias goteantes que se deslizaban por la base del cuero de mi polla. Era un tacto esponjoso y mojado, y también poseía las cualidades de la mucosidad, untándome el glande con algo grumoso que se pegaba y se trenzaba en hilos al caer. Cuando lo veía, al ver su coño escupir sobre mi polla, me daban ganas de comérmelos, de chuparme yo mismo mi polla sólo para poder saborear esos líquidos que salían de su interior.

Tan obsesionado me tenía su sexo que empecé a mover también mi pelvis arriba y abajo, como enfebrecido por algún tipo de droga. La cogí fuerte por su pálida cintura y acompañé sus salvajes movimientos con la presión de mis brazos.

Las venas se me hincharon alrededor de los músculos, que cada vez se remarcaban más y cobraban un protagonismo inesperado. Todo mi cuerpo ardía y se volvía rojo; y ante su piel pálida, casi blanca como la nieve, me pareció estar enfermo o ser víctima de alguna fiebre.

Tan encendido estaba, que los aromas de nuestros cuerpos se acentuaron aún más, llenándome las fosas nasales con unas sensaciones tan intensas como las culinarias, y que se transferían de algún modo a mi lengua.

Entonces sentí que mi polla ya empezaba a regar, y al instante ella lanzó un gemido de júbilo, estalló en carcajadas con una sonrisa bien ancha en su rostro y llevó sus dos manos hacia su pronunciada pelvis, que ahora se curvaba todavía más dibujando un trazado de ensueño que conducía vertiginosamente hasta el origen de la vida. Empezó a acariciarse el vientre, y en él, sus manos parecían ríos de gente bailar una danza típica de alguna antigua festividad.

Un fuerte “sí” salió expelido de su boca. Con tanta intensidad y alargándose hasta que sus manos volvieron a calmarse, que me sentí un buen rato perdido en él. Su voz le siguió, y sus extrañas palabras me llenaron de una inexplicable satisfacción. Aunque no las entendía, creí que debía sentirme halagado:

“Gracias por haberme llenado de nuevo. Tu dulce líquido me devuelve la vida. A cambio te daré todo el placer que puedas soñar, una y otra vez… Ahora, ven conmigo…”

Se levantó dejando libre mi falo, que cayó mojado y encorvado como una serpiente sobre mi pelvis. Yo también me levanté a su lado mientras ella me cogía de la mano y me indicaba que la siguiera. Sentí un dolor intenso entre mis piernas, después de un sexo tan duro, pero no le dediqué una preocupación inmerecida.

Al cabo de unos pasos que parecieron un paseo de fábula, de esos que se relatan en los cuentos clásicos, cruzamos una puerta de madera oscura y lustrosa, y llegamos a un baño en el que se exhibía el oro de la grifería o el mármol blanco de la jofaina y la inmensa bañera.

Al arrodillarse ante el mármol que rodeaba la bañera, a modo de banco o tarima, me pareció notar que la mujer ya no estaba tan pálida como en el día anterior. Sus carnes ahora eran más rosadas, e incluso parecían estar más llenas de vida. Esa impresión me sobresaltó a la vez que me maravilló, dejándome de nuevo postrado a sus pies, admirando su cuerpo afrodisíaco en el cual se podrían dibujar mil y un mapas de paraísos llenos de tesoros escondidos.

Cuando el agua estuvo lista me invitó a bañarme. Pensaba que lo haríamos juntos, pero para mí sorpresa ella tenía que irse:

“Descansa, querido. Tienes que recobrar fuerzas para la noche. Yo no puedo quedarme. Un asunto me reclama. Ahora descansa y espera mi regreso…”

Y nada más pude hacer yo que obedecerla.

El dolor que había atenazado mi pene hubo pasado desapercibido hasta entonces, y con el descanso y el agua tibia, ya casi había menguado hasta desaparecer. Y bañándome en esa magnífica bañera, sintiéndome tan cómodo y relajado, me perdí otra vez en el mundo de los sueños.

Cuando el sol hubo desaparecido por el oeste, me desperté movido por un instinto. Salí de la bañera y encendí un candelabro. Ahora, entre la luz cálida y titilante de las velas, me sentí más arropado; pues el agua ya se había enfriado y la oscuridad de la noche me transmitía aún con más intensidad el frío del ambiente. Me vestí de nuevo, para entrar en calor, y me metí en la cama.

Tenía hambre, mucha hambre. Ya llevaba ahí casi cuarenta y ocho horas y sólo había almorzado el día anterior. Pero aunque el estómago me lo pidiese, no podía reaccionar. No tenía ganas de levantarme. Era como si de pronto mis fuerzas se hubiesen evaporado como en un día estival de calor extremo. Lo único que pude hacer fue girar la cabeza y dejarla tumbada con un gesto de desidia.

En mi visión, llenándola toda, sin dejar espacio a nada más, estaba la mujer en el lienzo. Su cuerpo ahora ya no estaba tan pálido, y en la fría noche que estaba cayendo, me resultó todavía más encendido y lleno de color. Su sonrisa tampoco era tan dulce como la primera vez que la vi. Ahora se veía ligeramente torcida en una mueca pretenciosa, casi vacilante. Y sus ojos la acompañaban con un brillo sobrenatural que me inspiraba ideas que la cabeza de un mortal no podría elucubrar por sí misma.

Otra vez me sentí poseído por la exuberancia de su cuerpo, y en algún momento determinado, entre el tiempo que se colapsaba en esa realidad alucinante, volví a sentir su presencia muy cerca de mí. Me cogió de la mano y me impulsó hacia arriba, poniendo mi cuerpo medio enderezado medio tumbado hacia un lado. Las sábanas resbalaron y ella las ayudó con la otra mano, tirándolas a mis pies. Y fue al sentarse encima de mí cuando empecé a sentir las palpitaciones entre mis piernas. La mujer fregó su vagina contra mi miembro que se endurecía por momentos, impulsado por los tamborazos de la enérgica presión sanguínea.

Intenté coger sus pechos, pero ella se negó, tirándose hacia atrás y tumbándose sobre la cama. Su mirada entonces me transmitió la perversidad de su deseo, y acompañándola, sus caderas se levantaron ante mí, abriéndome las piernas y mostrándome un manjar irresistible. Al instante, se destapó el olor de un buen guiso, que flotó raudamente hacia mi olfato.

Entonces me vi de inmediato arrodillado ante ella y lamiendo su coño abierto. No podía parar. Lamía y chupaba como si me fuera la vida. Mi rostro se pegaba en su coño y yo sólo podía sentir eso, no sabía dónde estaba mi cuerpo, sólo percibía mi cara en su vagina abierta.

Su mano se cebó en mi cabeza, cogiéndome fuerte del pelo y apretándome aún más contra su jugosa fruta, haciendo que mis labios se fundieran con sus labios, y que mi lengua penetrara en su orificio carnoso y se empapara dentro de él, disfrutando de la marisma de sabores que contenía.

La corrida no tardó en venir como un río que sale a presión. Abrí la boca y empecé a tragar poseído por la lujuria y dominado por su mano clavada en mi cabeza. Tragué durante un buen rato, perdiendo la noción del tiempo y siendo arrasado por un clímax de sabores.

En ese momento sentí como si ya no necesitase comer nunca más; la mujer del lienzo me alimentaría, me daría un placer inimaginable para los demás mortales y me cuidaría para siempre.  

Ella empezó a reír después de la sabrosa corrida. Estaba desatada, gesticulaba y se movía como una Diosa creando la Vida y el Universo.

Me empujó con decisión y caí de espaldas, totalmente abierto para ella. Mi polla estaba rígida y expectante. Entonces me la cogió y se puso a masajearla. Primero lentamente, después con furia. Su rostro se transformó, y en sus labios se podía ver el instinto libidinoso y perverso de una fiera en celo. Se puso a jugar con mi miembro, moviéndolo con frenesí arriba y abajo, de un lado a otro, como si jugara con algún tipo de palanca de un caza militar.

Y de pronto la vi sentada encima de mí, sin haber advertido ningún movimiento, como si una imagen se solapase encima de la anterior por arte de magia. Sentí el cuero de mi miembro tenso, y un ardor intenso empezó a subirme alrededor de él.

Ella saltaba encima de mí, devorando mi polla con una vagina que parecía una boca hambrienta, despertando mis gritos y un calor que empezaba a sofocarme. Sentía que mi mente caía en deseos febriles y noté mis brazos levantarse sin que yo les diera esa orden. No controlé mis manos, y ellas tampoco podían con los pechos de la mujer, pues no eran pequeñas frutas que apenas llenan la mano sin transmitirte tan vivamente la intensidad del deseo hambriento como para hacer que te convulsiones; eran vigorosos e hinchados melones que me sobrepasaban totalmente las manos. Y yo podía acariciarlos, estrujarlos y coger todo su placer sin que nunca acabara.

No podía abarcar toda su figura, y eso me ponía enfermo, pues ansiosamente quería coger esas grandes tetas por todos sus lados. Por los flancos, y ver como se juntaban en medio, convirtiendo ese canal de lozana lujuria en un valle tan abismal que sentirme caer en él se convertía en un regocijo extremo. Por debajo de ellas, por donde todo el peso de su magnífica magnitud se amoldaba a mis manos, presionándolas e impregnándoles todo el calor de ese cobijo provisional. Pues ahí se quedarían un rato, mientras alzaba mi cabeza y miraba hacia delante para ver su vientre dorado y plano estremecerse ante cada sacudida, y los labios de su coño mojado y aromático comerse mi polla una y otra vez.

Eran tan grandes que parecían querer emprender el vuelo, venir hacia mí, abrazarme y dejarse comer. Juntas se volvían infinito, hacia los lados parecían dos ojos enormes con voluntad propia. Las estrujé con furia.

De pronto me llenaba una salvajería digna del Dios cabra. Las estrujé y zarandeé. Mordí sus pezones y los chupé, mientras sentía que mi cuero se iba a rasgar y mis huevos iban a romperse, estallando. Sentí el ardor dentro de ellos y como el semen subía hirviendo, bullendo y burbujeando. Subió sin control llenándome la polla, y el glande empezó a escupir con tanta potencia que la mujer se encabritó, se irguió encima de mí, tirando la cabeza hacia atrás y sentí su pelo acariciar mis huevos y mis muslos. Sus tetas subieron sobre su pecho, y yo traté de cogerlas mientras sentía un leve dolor en la mandíbula al gemir con tanta pasión. Sólo rocé los pezones, que me endiablaron, provocando que bajara de nuevo las manos a sus caderas, la cogiera fuerte y la impulsara arriba y abajo, sintiendo los duros golpes sobre mi pelvis, llenando la habitación de un ruido como quién da bofetadas a las nalgas de una persona, pero mucho más fuertes.

Y fue tan duro el sexo, que vi deslizarse sangre desde dentro de su coño y cubrir todo mi miembro que latía y palpitaba con las venas hinchadas. Era mi sangre, me había desgarrado la piel, me había arrancado la virginidad del prepucio.

Y cuando se levantó y se apartó de mi pelvis, ante mi vista apareció la virginidad asesinada untando mi cuero. El dolor era intenso, per de algún modo el placer que me daba ella lo amortiguaba. Aunque ahora, en el exterior, mi polla sufría más dolencias que en el interior de su sexo.

Entonces la mujer se fue girando, poniéndose a cuatro patas y de espaldas a mí. Sus nalgas se movían en un baile embelesador, y su coño rasgado se mostraba musitando un mensaje que atormentaba mi cordura. Me erguí como poseído con el falo ya erecto, que se bamboleaba arriba y abajo con movimientos amortiguados. No necesité cogerlo, pues ya apuntaba directamente a su coño rasgado entre la presión de las nalgas.

Cuando sintió mi penetración la mujer echó el torso hacia abajo, dejando sus caderas y su culo un poco más levantados, y abriendo las piernas, su coño se volvió redondo como una estrella negra, tragándose mi polla.

La embestí con dureza, con furia, delectándome con el sonido de mi pelvis y mis muslos abofetear la carne vibradora de sus glúteos. El dolor era grande y sentí como si una piedra titánica rasgara el envoltorio de mi capullo, como si mi polla se desintegrara dentro de la mujer; pero el placer era inmenso y mi cuerpo ya no me obedecía, me estaba perdiendo en el pozo abisal de su sexo, taladrando con fuerza, adentrándome cada vez más en su interior

En el calor de mi propia piel me ahogaba, y en la humedad del sudor que me llenaba el pecho. En los olores de mi polla y en la dulce, pegajosa y sabrosa fragancia de su coño abierto como una flor de carne.

Con cada nueva embestida le arrancaba gritos punzantes que taladraban mis oídos y rebotaban por toda la habitación como criaturas ciegas y enloquecidas. Pero yo no podía parar, ese culo que tenía abierto ante mí, supurando ardor y olores más extasiantes que las mórbidas drogas de los fumaderos de opio, me volvía completamente loco, me alucinaba; era carne fresca para mi polla ardiente. Parecía un pastel de carne recién cocinado, entre sus glúteos ese valle se abría fértil y caliente. El agujero de su ano parecía respirar como una boca afamada, y su coñito goteaba copiosamente, dibujándose en una forma alargada alrededor de mi falo, y emitiendo un febril “chop chop” con cada penetración.

Me dolía la polla y sólo me pasaba el dolor metiéndosela, pues su interior me untaba, y a la vez que lubricante, era un ungüento anestésico. La membrana interior de los labios se pegaba a mi cuero como una ventosa, comiéndome, untándome, ungiéndome como a un ser sagrado.

Y estando a cuatro patas, como un animal que devora a su presa impulsivamente, ella también se movía adelante y hacia atrás, haciendo chocar con fuerza su culo contra mí, y la carne trémula de sus glúteos no paraba de vibrar y bailar al ritmo de las sacudidas con las que se lanzaba, ahora follándome ella a toda velocidad.

Y yo no sólo gritaba del dolor al sentir que la tira de piel que une la boca del glande con el resto de la piel de todo el miembro se estaba resquebrajando con las fuertes penetraciones, o al notar como mi glande chocaba con el fondo de su vagina devoradora; sino que también lo hacía de placer, del placer más inmenso que había sentido en mi vida…

Fue una tormenta sexual de obscenos movimientos y gemidos viciosos. Una tormenta que ha dejado mi alma turbia, regocijándose en un sueño perpetuo que cada noche me asalta con la máxima intensidad.

Cada noche es una noche llena de sexo y de vicios fantasiosos convertidos en realidad. Cada noche… Y así, día tras día me veo envuelto en la tormenta sexual que me succiona hacia un mundo alejado de este.

Más lejos me siento cada vez, y más distante lo noto todo.

Ahora sólo tengo olfato para ella, hambre para su sexo y sed por su boca. Ahora lo único que deseo acariciar es su cuerpo quimérico y saborear sus frutales pechos.

Y ha llegado un momento en el que ni tengo ganas de escribir, sólo pienso en ella, todo el rato, continuamente. Sólo verla en el lienzo me enardece y paso la mayor parte del día excitado y deseando que vuelva. Ya ni siquiera tengo ganas de levantarme, me quedaría todo el día en la cama. Sólo me levanto para lo básico, y ya ni tengo ganas de escribir. Sólo pienso en ella… sólo tengo ganas de estar con ella… no me importa nada más… ya no tengo ganas de escribir… <<


Ya no había más páginas. Óscar miró sorprendido por todos lados, buscando las que faltaban, pero no encontró más, era el fin del diario. Entonces miró arriba, hacia el segundo piso. Los papeles le resbalaron de las manos y se esparcieron por las escaleras. No le prestó atención a la pérdida, tenía los ojos clavados en la luz danzante que provenía de arriba. Se levantó con precaución, lentamente, y haciendo un gesto convencido, subió los peldaños, uno a uno, hacia el segundo piso.
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