Ashkata Tzin, protagonista de 'Vientos de una nueva guerra'



La bruja Ashkata Tzin subió los peldaños hasta la cúpula de la torre oeste del castillo de Xibalbá. Entre la espesura de esa noche opaca, en la que las nubes habían relegado su presencia, Fengarya se levantaba imponente en el cielo, como un gran agujero negro que comunicara el mundo Faheris con otra dimensión.
En uno de los cuatro pináculos de las almenaras, Kirtash Iktan se apoyaba con aire distraído, mirando a la luna negra y compartiendo sus íntimos pensamientos con ella. El exótico perfume de la bruja llamó al instante su atención.
—Ashkata… —pronunció con aire solemne la pirata.
—Ha llegado la hora. Reúnete con tus mujeres en la Perla Neptuniana. Partimos en una hora.
—A sus órdenes, mi señora.
Cuando la pirata, cuyo pelo crepitaba como una llama en un ambiente preñado por la magia de la bruja, se hubo ido y la cúpula de la torre quedó en silencio, llena únicamente con un olor afrutado y ácido, Ashkata Tzin cogió la vara que llevaba sujeta en el encaje de su cinturón. Al levantarla en dirección a Fengarya, la araña que custodiaba la perla negra de la vara se removió inquieta y una luz empezó a brillar alrededor de cada fino hilo que había trenzado sobre la perla negra. La bruja acompañó el olor de su perfume fluctuante con un aliento dulce que impulsaba palabras de las que un músico se enamoraría.
El rayo de luz subió portentoso hacia Fengarya, haciendo temblar la misma torre del castillo y emancipando una tormenta de rayos que coronó el cielo, el cual vibraba sobre la cabeza de la hechicera. El destello fue tan fuerte y el rayo tan intenso, definido y vital, que desde la distancia podría parecer uno de los mismos pilares de la tierra que sujetaban la bóveda celeste.
Después de él, se creó un silencio insondable, que sólo era el preludio de una misión que trascendería en la historia de Faheris mucho más de lo que los recelosos humanos de la Liga podrían esperar.
Mientras tanto, en el extremo norte de la isla Estado de Maruati, en la cumbre de una montaña legendaria que guardaba en su pétreo interior la ciudad fortaleza de Tepeu, una princesa incauta observaba con ojos atentos el rayo de energía que brillaba en el sur, partiendo el mismo cielo en dos y levantándose más arriba de lo que la vista llegaba a ver.
En su corazón una angustia nació bombeando la sangre con intensidad. Sus labios finos, rojos como la sangre y de una intensidad de color mágica en contraste con su piel clara, pronunciaron unas palabras para sí misma. Su voz sonó angelical, cómplice a su melena dorada de brillos níveos. Se agachó con un movimiento ágil y arrancó las hojas de una planta llena de vigor. Las observó un instante, para luego ponerlas en uno de los pequeños bolsillos que colgaban en su cinturón.


El vuelo de la Diosa


Ilustraciones previas a 'Los abismos del alma'






Réquiem desde la mirilla

¡Joder! Las alucinaciones son cada vez peores. Me arde la cabeza, incluso el aire está caliente. Me enderezo y la habitación da vueltas. Joder, cuándo terminará la pesadilla. Tengo la sensación de estar enmarcado entre estas cuatro paredes, de que todo sea un puto reality.

Las zapatillas están volcadas, como siempre, enseñándome la roña que se acumula en las suelas. Ponérmelas me resulta fatigoso, llegar a la puerta, aún más, y eso que está a sólo dos pasos.

Cruzo el umbral, los olores de un baño sucio e ignorado se mezclan con los de mi cuerpo. También huelo el bacon ya un poco rancio, olvidado en algún rincón de la cocina. Dos pasos más y llego al comedor. Me da pereza apartar todos esos periódicos, botellas que muestran hilos pegajosos del líquido que antes contenían, cajas de comida pasada, sobres vacíos y pañuelos mugrientos.

Me pica la barriga y no me gusta rascarme. Las uñas se llenan de piel muerta. Es asqueroso. Odio el ruido que hace la puta nevera. Me da miedo abrirla. Ya no quedan vasos limpios. Bebo directamente del grifo. El agua está helada, todo me parece frío, en cambio yo estoy ardiendo.

La puerta de la vecina se cierra. Siempre da portazos, la muy puta. Pero qué buena está. Corro hacia la puerta, estampo mi careto y pongo el ojo en la mirilla. Desde él veo el mundo, y estoy protegido. Veo la piba hablando con otro vecino. Las paredes del pasadizo cada día se antojan más oscurecidas, llenas de marcas de manos y de la mugre que van dejando los vecinos casi sin darse cuenta. Se acumula como en una leprosería, cada vez que un vecino roza las paredes con sus dedos dejando restos.

La jodida mueve el trasero de un lado a otro cuando habla, es una coqueta endiablada. Se tensan mis pantalones. Otra vez se cruza en mi nariz el olor a bacon. En el mismo momento veo la carne que apenas se oculta en esos shorts. Va a hacer jogging por el parque. No podré ver sus tetas brincar dentro de su jersey suave, ni estos glúteos carnosos que me endurecen. Siento que le podría arrancar la ropa con los dientes.

Llega el cartero. Puto cabrón. Siempre me mira por encima del hombro. El vecino ya se larga con sus cartas. Ella desaparece por el pasadizo moviendo la coleta. En mi cabeza aún tengo su culo pomposo mostrando la rajita en cada salto. El timbre me sobresalta. Detesto los ruidos estridentes, y también la voz del cartero. Veo su ojo en la mirilla, seguro que sabe que le observo. Entre esos dos cristales me parece estar en otra dimensión, veo las figuras alteradas, veo el careto del cartero de lo más ostiable. Abro la puerta, dejando escapar el aire viciado.

El cartero cambia la expresión, o a mí me lo parece. Con su voz de mierda, me dice que tengo que firmar el recibo de un burofax. Lo firmo. Casi toco sus putos dedos al devolverle el boli. Corta los bordes de la carta, ese ruido serrado, como de cremallera, me encanta. Creo que necesita un par de ostias. Él ve mi mirada. Intenta escapar, pero ya le he cogido por el cuello. Le retuerzo el pescuezo. Cree que tirándose al suelo se librará. Le sacudo contra el marco de mi puerta y lo arrojo adentro. Cae entre la mugre, cajas, botellas, pedazos de pizza barata y bombillas fundidas. Grita. Me cebo con las dos manos en su pescuezo. Retuerzo, aprieto, exhalo fuerte. Su cuerpo enclenque patalea y yo le agito arriba y abajo. Su cabeza golpea el suelo con tanta fuerza que el ruido me recuerda al de romper un coco. La mugre se empapa de sangre. Estoy agitado, con los pantalones tensos, y no puedo dejar de pensar en la vecina haciendo jogging.

Me siento en la butaca frente a la mirada vacía del cartero. Abro la carta. Malditos hijos de perra. No me van a sacar de mi casa. Ya tengo la silla y la cuerda preparadas desde hace días. Subo y se tambalea un poco. La cabeza me arde, quiero terminar con todo. Pateo la silla, que cae al lado del inerte cartero. Mis piernas se agitan con fuerza. Espasmos. La nevera chirría. Escucho una gota caer en la superficie metálica del fregadero. Más espasmos. Algo cruje entre las bolsas de patatas, una forma de vida en la que no me había fijado hasta ese instante. Cae una zapatilla desde mis pies, luego la otra. Parece que su caída se pudiera observar durante horas. Los ojos vidriosos del cartero las observan caer planas, y en el último momento vuelvo a oler el bacon rancio.

Ezequiel D.

Ezequiel está sentado en el suelo, sobre su cojín favorito de Nights Into Dreams. Las piernas cruzadas y, en las manos, el mando de su XBOX One. El volumen del televisor se escucha suave, llenando la salita de estar como la apacible marea de una playa, y las imágenes que en él se proyectan tiñen de colores el ambiente con halos de luz centelleantes. La sonrisa del niño, mudando alternativamente a expresiones de asombro o de afán, conjuga a la perfección con sus ojos llenos de alegría, de sueños y de luz.

Su madre está en la cocina. Se escucha el tintineo de cubiertos y un suspiro lleno de paz. Ha terminado la cena: un guiso de carne de vacuno con patatas, verduras y salsa caramelizada de almendras y manzana. Con pasos silenciosos, pero llenos de vitalidad, lleva la cazuela a la mesa central del comedor. Y en su andar, un vaho caliente fluye, saliendo de la cacerola, y el aroma del estofado se pierde hacia donde Ezequiel vuela en sus fantasías repletas de color y de movimientos ilusorios entrañables. Su olfato se maravilla aún estando su mente surcando un mundo de utopía, donde decenas de soldados verdes de juguete disparan con sus ametralladoras de plástico tapones de bolis Bic contra un oso de peluche que ha secuestrado a la princesa del reino de Alheim.

Gira la cabeza, extasiado por el olor del guiso, pero a la vez dudando de si ese disparo se ha producido en su videojuego o ha venido del exterior. Y en ese instante en el que gira la cabeza, su madre sonríe al verlo y le guiña el ojo, divertida. Su padre olfatea el aire en el exterior. Piensa que habrá tormenta. Baja la mirada y su vida se esfuma bajo el parachoques de un portentoso Akura MDX con tracción a las cuatro ruedas. El cuerpo sale disparado con violencia hacia atrás, las gotas de sangre se esparcen a cámara lenta, brillando en la fuerte luz de los faros del 4x4.

Hay disparos, vienen del camino. Las balas silban muy cerca del Akura y estallan contra las ventanas de la casa. Los cristales rotos bailan en torno al aire que se ha ondulado al perfilar la trayectoria de los proyectiles de titanio. La madre del niño cae rota en el suelo, con la cabeza abierta, escupe la flema en un espasmo, y un desgarro de sangre esparciéndose por el aire. Una lámpara del comedor estalla y Ezequiel cierra los ojos antes de que su cabeza se haya girado del todo. Los vuelve a abrir y ve el rostro de su madre mirándole fijamente. Su sangre le salpica la cara. La puerta de entrada cae reventada, el cuerpo de su padre parece un manojo de carne. La carne del asado resbala por el suelo, y la salsa de caramelo le empapa el rostro desencajado. Caen las primeras gotas de lluvia mientras el tiempo se está descongelando. El Akura se estampa contra el pilar de la cocina, y con el impacto las lunas delanteras estallan ante el paso de otro cuerpo.

El cadáver destrozado de un hombre cae a los pies de Ezequiel, que ahora termina de girarse. Entonces todo se acelera. Disparos, una explosión, más disparos y fuego. Un maletín girando abierto delante del niño y un vial que cae a sus pies y se rompe. Gritos, alguien entra en la casa y dice algo, pero no lo entiende. Los ojos le escuecen, las llamas devoran la pared de la cocina, y se acercan hambrientas hacia la salita donde el televisor muestra con letras apagadas Game Over. El olor del guiso ahora le da arcadas al ver la cabeza abierta de su madre y el cuerpo mutilado de un desconocido. Pero hay otro olor, aún peor. Es agrio, y le quema la garganta. Entonces siente cómo algo que parece vivo se adentra en su cuerpo, le invade los pulmones y el flujo sanguíneo. El hombre que yace mutilado a sus pies se convulsiona, lo escucha jadear, con un sonido ronco e infernal, y de pronto se levanta, con la ropa desgarrada y un cuerpo del que cuelgan todas sus vísceras. Gruñe, y el soldado que ha irrumpido en la casa dispara a bocajarro. Pero las balas parecen fundirse en una masa indefinible de carne, músculo y sangre. El cuerpo del hombre se transforma. Espantosas garras se engendran en sus hombros. Su pecho se abre, y de él emergen dientes. De su cabeza abultada salen unas cosas que se enroscan y estrangulan al soldado ante las llamas cegadoras que crepitan furiosas. 

El monstruo ruge, y en el exterior un trueno brama con ira entre la lluvia que arrecia. Coge el cuerpo del soldado y lo desgarra. El ruido del crujir de huesos y de masticar carne provoca temblores a Ezequiel, que ahora vomita notando que pierde la conciencia. Pero combate en el suelo esa cosa que lo ha infectado. Su cuerpo se convulsiona mientras llegan dos soldados más. Disparan, y de sus gargantas son arrancados los gritos más extremos. El monstruo muta cada vez que devora a uno de ellos, y ahora su cuerpo está hinchado. Sus patas le impulsan entre la salvaje lluvia encima del Akura. La suspensión cede y el 4x4 cae con violencia. Se encharca el suelo, las llamas crepitan. Y entre las nubes se encienden rayos enfermizos que crujen como si el cielo estuviese reventando.

Hay otro todoterreno, sus focos ciegan a la bestia, y de él dos soldados le disparan con armamento pesado. Una garra atraviesa el estómago de uno de ellos. El otro logra esquivarla tirándose al suelo. Activa un mensaje de socorro a la central. «Hay que limpiar la zona. Un brote del virus se ha descontrolado.» Y en su auricular escucha: «Un minuto y catorce segundos para la llegada del caza.»
Se levanta, y con su lanzagranadas dispara contra la criatura. De su torso destrozado emergen los intestinos, como si fuesen culebras, se enroscan en las piernas del soldado, quién vuelve a disparar. El ruido atronador de las granadas coincide de pronto con un grito dentro de la casa, el rugir del monstruo, el retumbar de la tormenta y un rayo fulminante que cae en picado sobre el ser cuando éste levanta los brazos destrozando al soldado. Y aun carbonizado, el cuerpo de ese engendro innombrable se debate entre la vida y la muerte. Pero lentamente se deja caer, y bajo esa horrenda masa el Akura chirría siendo aplastado.

El cuerpo del soldado sale despedido y cae varios metros detrás de la casa, empalado en el tronco de un árbol partido por un rayo. Las ondas sonoras de su auricular rebotan en un tímpano sin vida: «El caza llega a la zona. Tiempo para el lanzamiento del misil de implosión: seis segundos.» «Seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno…»

Una aeronave cruza el cielo a una velocidad infernal, libera un destello, un misil se desvía de la trayectoria dejando una cola de fuego y humo. Ezequiel se levanta. Su organismo se ha adaptado al Virus D con una perfección nunca vista. El genoma de su cuerpo ha mutado. Con sus sentidos amplificados identifica lo que acaba de lanzar el caza. Calcula la trayectoria de huida. Sus piernas le impulsan con un vigor inaudito. Atraviesa la pared como si fuese papel. Los árboles que se cruzan en su camino no son obstáculo para su agilidad mejorada. La visión nocturna le permite verlo todo con una claridad inaudita. 

Entonces se desprende por un barranco. El proyectil cae en la casa. Una explosión muda desintegra la zona. Ezequiel aterriza en el suelo produciendo un agujero y haciendo estallar las piedras. En las alturas se ha hecho el silencio. En la central dan por eliminado el brote del virus. Ezequiel sonríe para sí mismo y emprende el trote como un nuevo y formidable ser.

El ser caído del cielo

Es extremadamente probable que cada uno de nosotros, al menos una vez en la vida, se haya visto involucrado en un accidente dramático e injurioso, un accidente que haya marcado su vida por un periodo limitado de tiempo o, quizá, más aún, hasta el resto de sus días. Digo que es extremadamente probable ya que la vida es caótica y veloz, y no da tiempo a tregua. Los humanos llevamos un ritmo frenético. Nos relacionamos continuamente, nos mezclamos y no paramos de entrecruzarnos en una infinidad laberíntica de ríos de corrientes dispersas.

Por eso, sin poder evitarlo, nos vemos arrojados inexorablemente a la creciente posibilidad de vernos involucrados en un choque de mareas, en el estallido de las olas, en la bravura de un salto de agua y en el chapoteo de su ágil caída que mezcla un sinfín de gotas centelleantes.

Y no es hasta cuando estamos en el ojo del huracán, cuando el gran lobo marino se nos lanza encima, rugiendo con la furia de un tsunami; que nos damos cuenta de lo que nos está sucediendo, que entendemos —aunque no del todo— que el devenir del espacio y del tiempo —y de nuestro destino— nos están lanzando hacia un punto de inflexión cuya fuerza propulsora no conocemos hacia donde nos empujará.

Puede ser un lanzamiento más fuerte y lejano, o quizá más suave; pero todos, sin excepción, vamos a caer tal como Hipólito cayó en el devenir de los accidentes de su vida. Accidentes que se pueden suceder en cadena, accidentes que se traducirán en cambios quizá poco importantes, en pequeñas mutaciones del curso natural de los sucesos, pero que todas estas mutaciones juntas, a fin de cuentas, serán el motivo de grandes cambios.

Aunque no es en concreto el cambio después de un accidente lo que enfoca esta cuestión. 

De un accidente pueden determinarse tres partes bien distintas, independientes y únicas, que podrán tener cabida en un mismo accidente o, por el contrario, cada una de ellas determinar y dar forma a la idea que entendemos por accidente, cada parte dará lugar a un accidente singular. 

Estas tres partes son: el cambio, el daño físico y, por último, y lo más interesante, la huella.

¿Qué podemos entender por “la huella”?

Todos sabemos que lo más impactante y lo que más nos aflige, nos afecta; no es lo físico, lo carnal, lo orgánico. Sabemos, somos conscientes que es el dolor emocional lo que nos da más miedo, el dolor psíquico.

Sentimos pánico ante la idea de tener que soportar un recuerdo traumático toda la vida, de que la mente lo guarda todo, lo registra todo. Y que después de un accidente eventual, que después de una dolencia física que seguramente se irá con el tiempo, seguirá quedando un dolor más hondo y profundo, un dolor que trascenderá todo lo orgánico, el tiempo, el espacio, las terapias o los medicamentos. Un dolor que se enquistará en tu mente para el resto de tus días. 

Es esta, precisamente, la idea que pretendo tratar. Esta huella, este hito que deja una marca, desde un pequeña muesca hasta un quiste inextirpable, en nuestra memoria y también, obviamente, en el lugar físico donde se propició el accidente. Pues el lugar donde sucede todo accidente es tan importante que sólo él mismo puede provocar el origen de leyendas, o de supersticiones.

Este es el caso de una leyenda con tanta controversia como los vericuetos más oscuros y extraños que la ciencia aún apenas llega a vislumbrar… 

Se ve que todo sucedió a escasos quilómetros de la ciudad portuaria de Vigo. 

Opulentos bosques crecen en sus alrededores, bosques frondosos que configuran su simetría y mantienen ocultos misteriosos parajes. 

Fue en uno de ellos donde sucedió. En medio de una oscura y fría noche. El cielo estaba apagado. Las estrellas, ocultas por taciturnas nubes que auguraban tormenta, se ocultaban en el espacio exterior, renegando de todo el legado poético que les hemos dedicado.

Sólo una luz vacilante, que parecía diluirse por el ambiente, como un líquido sobre una fina película; se distinguía flotando entre los árboles y la espesura exuberante de la flora gallega. Su tono rojizo imprimía una sensación de alarma en el entorno, pero no por el color, o su artificialidad más que notoria, sino por la manera en que se dilataba y se expandía, como simulando los latidos del corazón de un animal moribundo.

La luz crecía y crecía a base de sacudidas, que iban acrecentando poco a poco su fulgor. Era extraño notar cómo se dispersaba de una forma totalmente abstracta, sin coherencia alguna, sin una pauta o una norma física.

En el retrovisor de un flamante coche deportivo una chica pudo ver esa luz, brotando fantasmalmente desde el interior del bosque. Frenó poco a poco, con precaución, sintiendo que sólo al contemplarla sus ánimos eran invadidos por una especie de angustia.

Muchos otros coches se fueron parando detrás de ella, quedándose sin tripulantes ante la escena de decenas de personas caminando como conjuradas, maravilladas de alguna forma, pero también atemorizadas, hacia la luz que brotaba a jirones, formando brazos luminosos que iban rodeando a la creciente congregación de conductores y conductoras que se paraban ante ese espectáculo.

No se sabe porque entraron todos, sin excepción, todos y cada uno de ellos, en el bosque. Pero por muy atrayente y maravilloso que pueda ser un reclamo, siempre hay una parte, por mayor o menor que sea, de discrepancia, de desacuerdo, incluso de advertencia. Y de entre todas esas personas alguien debería haber sentido esa alarma, el miedo en su corazón que le obligase a irse de ahí, a volver al coche y huir con una sensación de desasosiego y de temor.

Pero nadie se fue.

Todos entraron en el bosque, seducidos por esa luz vertebrada que se movía, se contorsionaba y flexionaba toda su masa en un incesante baile de esponjosidad reptiliana.

Las ramas y las hojas secas, destinadas a desintegrarse en el suelo, crujían bajo las pisadas de la sorprendida expedición que se adentraba en el bosque, con curiosidad, temerosamente y sin ningún tipo de precaución.

No se daban cuenta que ahí enfrente, a escasos metros de donde estaban, algo antinatural, algo espantoso, les estaba llamando con el insano espectáculo que sólo el veneno de los alucinantes hongos de Dionisio sería capaz de mostrar a la mente humana.

Y así, seducidos, alucinados y embelesados, fueron llegando uno a uno hacia el interior de un claro donde esa luz rojiza era omnipresente y ni una sola sombra osaba plantarle clara.

Estaban todos tan maravillados, pisando ese rojo terreno que parecía un gigantesco grano irritado a punto de la erupción, que no se dieron cuenta, hasta que fue demasiado tarde, de un extraño olor que confundieron con el de animales muertos, de un zumbido que producían miles de alas rozándose, de la cólera de las nerviosas llamas que crepitaban por todos lados, del fuego abrasador que quemaba los árboles o de las enormes e inexplicables grietas que se abrían por todos lados.

Sus sentidos no podían fijarse en eso, pues todos ellos estaban poseídos por algo contra lo que nadie, ni la mente más entrenada y fuerte, podría luchar.

Ahí en medio, rodeado de llamas, había un artefacto cuya construcción la ciencia humana no podría resolver. Era una máquina que se adivinaba incomprensible y extremadamente avanzada y compleja, pero, a la vez, simple como su misma voluntad, y como su engaño... Pues en una parte bien visible de su figura, resaltaba, con un aviso intermitente, la existencia de un mecanismo que cualquier ser humano podía identificar, con total claridad, como una palanca. Y a su alrededor, por toda su superficie lisa y perfecta emanaba esa luz sardónica, cuales tentáculos cazadores de un kraken quimérico.

Pero lo más espantoso era lo que habitaba en su interior…

Era un ser increíblemente estrafalario, algo que desafiaba los límites de la realidad. Ni la imaginación más morbosa o los más negros instintos humanos representaban nada en comparación a eso. A su lado toda invención mortal era apenas una fábula inocente. Todas las palabras del mundo, toda la literatura, era una mera insinuación. Ni la historia mitológica más cruda y visceral de nuestro mundo nos podría haber preparado para ese momento…

Pero ellos creyeron estar listos, y tiraron de esa palanca. 

Si no lo hubiesen hecho, quizá, ahora, sus coches aún tendrían tripulantes…

Mi deseo

Hoy me apetece saborear la exquisitez de tus labios,
untarme en su jolgorio y bañarme en la lujuria de su saliva.
En este día quiero beber de tu boca hasta embriagarme,
perder el mundo de vista y viajar al delirio del deseo.

Y ahora sólo pienso en desterrar el verso contenido
al dorado valle de tu pelvis de ensueño,
apaciguar en él el palpitante anhelo a tu cuerpo 
y deleitarme en las aromas húmedas de la copa de tu sexo…

extasiarme en la orquesta de los latidos de tu corazón,
soñando en tu regazo al son del palpitar de tu volcán;
mientras todo mi deseo se nutre de la lujuria despierta 
y mis sentidos, descalzos, se abrigan en los frutos de tus pechos…

A la deriva por tu vientre, como una gota silenciosa
te acaricio despertando las fieras de tu piel.
Perseguido por el incendio corro hacia las curvas de tu seno 
y ardo, me consumo en ti para que el mundo se olvide de mi ser.

Y convertido en fuego danzo por las salvajes cataratas de tu melena,
hechizado, floto en las acordes notas de tus canciones de sirena,
y me envuelvo con la suavidad de tu tacto de mágica seda
arremolinado en las curvas de tu cuerpo, tu magia abre la veda

como una salvaje canción que vuela, vuela y vuela…
en lúbricas oleadas de magma y espasmos sinestésicos.
Y en el vapor candente de tu arrebato me fundo en tu cuerpo, 
para ser en ti y así formar parte de lo más bello de este mundo… 

¿Por qué escribimos?

George Simenon
(...) Soy un artesano, necesito trabajar con las manos. Me gustaría tallar mis novelas en madera. Mis personajes... me gustaría que fueran más densos, más tridimensionales. Y me gustaría hacer un hombre tal que todos los otros, al mirarlo, encontraran en él sus propios problemas.

Clarice Lispector
(...) nací para escribir. La palabra es mi dominio sobre el mundo. Tuve desde la infancia varias vocaciones que me llamaban ardientemente. Una de las vocaciones era escribir. Y no sé por qué, fue esta la que seguí. Tal vez porque para las otras vocaciones necesitaría un largo aprendizaje, mientras que para escribir el aprendizaje es la propia vida viviéndose en nosotros y nuestro alrededor. Es que no sé estudiar. Y, para escribir, el único estudio es justamente escribir. Me adiestré desde los siete años para tener un día la lengua en mi poder. Y no obstante, cada vez que voy a escribir, es como si fuera la primera vez. Cada libro mío es un estreno penoso y feliz. Esa capacidad de renovarme toda, a medida que el tiempo pasa, es lo que yo llamo vivir y escribir.

Jean Cocteau
Escribir es un acto de amor. Si no lo es, sólo es escritura. Consiste en obedecer al mecanismo de las plantas y los árboles y en proyectar esperma a gran distancia en derredor nuestro. El lujo está en lo que se pierde. Esto fecunda; aquello cae a un lado.

Thomas Bernhard
Mi vida está clarísima. Me resulta totalmente claro que tengo que hacer mi trabajo; todo lo que estorba ese trabajo, lo elimino, todo lo que lo favorece me interesa. O sea, que, por una vez, las cosas son muy fáciles.

Carson MacCullers
Cuando el trabajo no marcha bien, no hay vida más miserable que la de un escritor. Pero cuando marcha bien, cuando la iluminación ha puesto en foco una obra de modo que ésta crece límpidamente y fluye, no existe felicidad comparable.

John Steinbeck
El oficio o arte de escribir es el torpe intento de encontrar símbolos para lo inexpresable. En soledad absoluta, un escritor intenta explicar lo inexplicable. Y a veces, si tiene mucha suerte y el momento es el adecuado, una pequeña porción de lo que intenta hacer se escurre hacia la realización, pero no mucho. Y si es un escritor con suficiente discernimiento como para saber que es imposible hacerlo, entonces no es un escritor.

Gustave Flaubert
Hay entre los marinos aquellos que descubren nuevos mundos, que añaden tierras y estrellas a las estrellas: estos son los maestros, los eternamente espléndidos. Luego están los que vomitan el terror desde las partes de sus navíos, los que capturan, enriquecen y engordan. Algunos zarpan en pos de oro y seda bajo otros cielos, otros sólo pretenden atrapar en sus redes salmones para los gourmets y bacalao para los pobres. Yo soy el oscuro y paciente pescador de perlas que se zambulle hasta las profundidades y emerge con las manos vacías y la cara azul. Cierta atracción fatal me conduce hacia los abismos del pensamiento, hasta el fondo de unas simas interiores que, para los fuertes, jamás se agotan. Me pasaré la vida mirando el océano del arte en el que otros navegan y combaten, y a veces me divertiré yendo a buscar al fondo del mar conchas verdes o amarillas que los demás desprecian de modo que las guardaré para mí y cubriré con ellas las paredes de mi choza.

En su ensayo de 1946 Por qué escribo, George Orwell nos presenta cuatro razones que a él le parecen fundamentales para escribir:

1. Por puro egoísmo. Orwell lo define como un “deseo de parecer listo, de que hablen de ti, que te recuerden cuando hayas muerto, para vengarte de los adultos que te menospreciaron cuando eras un niño, etc.”. También afirma que “los escritores serios son por lo general más vanidosos y egocéntricos que los periodistas, pero les interesa menos el dinero”.

2. Por entusiasmo estético. Nos sentimos impulsados por el deseo de colocar palabras en el orden adecuado, de disfrutar del impacto de un sonido con otro o del ritmo de una buena historia. Queremos compartir una experiencia estética que a nuestro juicio es valiosa. Hasta el escritor más seco y objetivo tendrá ciertas palabras favoritas, ciertas frases que utilice por razones poco utilitarias… o tal vez le emocione la tipografía y la disposición de párrafos y márgenes hasta formar una página perfectamente encuadrada.

3. Por impulso histórico. Orwell considera que este impulso es un “deseo de ver las cosas como son, de averiguar la verdad de los hechos y acumularlos para la posteridad”.


4. Por motivaciones políticas. Aquí se utiliza el término “político” en un sentido amplio, es decir, como deseo de hacer un mundo mejor, como tendencia a enseñarle a los lectores mundos posibles y ofrecerles puntos de vista distintos y revolucionarios acerca de su sociedad presente. Orwell afirma que ningún libro está totalmente libre de influencia política, y que la misma opinión de que el arte debe ser creado en el vacío, libre de motivaciones socio-políticas es, a su vez, una opinión política.

El enterrador

Es de noche. Los árboles parecen retorcerse contra el viento cruel de invierno. Se recortan encogidos en un cielo apenas iluminado por una luna helada que juega a esconderse entre las nubes cenicientas. Pelados, desnudos y heridos, los árboles sólo pueden alimentarse de los cadáveres putrefactos que nutren la tierra del cementerio, con sus raíces serpenteantes que succionan y tragan ocultas bajo la tierra infectada. Sus ramas descarnadas se alargan hacia el cielo como falanges de algún esqueleto, estremeciéndose entre los relámpagos enfermizos que ahora rugen acercándose desde la lejanía e iluminando ruinas infernales cubiertas de fuego y ceniza, malignos mausoleos entre una vegetación fungosa, lápidas agrietadas que se tuercen sobre el légamo corrompido…

La lluvia empieza a caer, vertida desde un cielo inescrutable donde la luna merodea con su ojo furtivo entre la niebla blanquecina. Se encharca la tierra negruzca, ondulándose como la superficie de una ciénaga inquieta, plagada de las criaturas nocturnas que agonizan bajo los troncos nudosos.

Unas pisadas irrumpen de pronto en el suelo pegajoso. Con aire fúnebre empezaron a acercarse, entre el decrépito silencio, en medio de las miradas acechantes que se ocultan en las tinieblas. El enterrador arrastraba algo atado a una cadena, avanzando lentamente entre las hileras caóticas de lápidas.

Dentro de la jaula un hombre se retorcía entre espasmos. El barro salpicaba su cuerpo huesudo, infestado de los inclementes mosquitos que estallaban sobre su piel macilenta, sobrealimentados por los jugos abominables de la muerte.

Apoyado sobre las frías barras de hierro, un estremecimiento recorrió su espalda al ver unos metros más adelante un foso cavado en el suelo. De un respingo se arrojó al fondo de la jaula, queriéndose alejar de ese agujero en el que chorreaba el agua envenenada. Pero el enterrador seguía avanzando lánguidamente, y con un brazo deformado tiraba de la cadena que se cogía a la jaula.

-¡¿Po… por qué hace eso!? –preguntó el hombre con un hilo de voz-, por favor, por favor, déjeme ir… -suplicaba a la sombra de la espalda jorobada del enterrador.

Pero éste parecía no escucharle, y siguió avanzando con caminar decidido.

El hombre temblaba contra los oxidados barrotes, su simple tacto le corroía la piel. Miraba con los ojos enrojecidos y suplicantes hacia la cabeza del enterrador. No podía apartar la mirada, por muy asquerosa que fuese la imagen de esa tiesta encostrada, llena de bultos y sarpullidos.

Y absorto en la horrenda imagen del enterrador, el enajenado hombre no se dio cuenta de que el agujero ya estaba a su lado. El enterrador aflojó el puño y la jaula cayó al suelo con un ruido esponjoso. La sacudida sacó al hombre de su delirio, que se rompió la nariz contra un barrote, y su boca empezó a llenarse de sangre. Las arcadas le convulsionaron el pecho, perturbando un cuello que no paraba de tragar y de intentar contener. Pero de su boca desesperada no llegaba a salir nada, pues su propia sangre lo impedía. Se colapsó con la peste acre de la tierra que se impregnaba en sus manos, en su pecho y en su vientre. Y entonces, con esfuerzo y amargura, vomitó la bilis y los jugos gástricos sobre los monstruos subterráneos que ascendían en busca de comida.

Entretanto, el brazo del enterrador se retiró con un crujido, y quedó oculto bajo el pesado manto que cubría su cuerpo. Se acercó a su guarida y abrió una puerta despertando un chirrido que se perdió en la lejanía. Sacó una pala cuyo astil se vislumbraba fibroso entre el vapor humeante de la niebla. La humedad flotaba a escasos pies del suelo, y entre la niebla de carbón los rayos mordaces de la luna resplandecían en el acero de la pala.

Dentro de la jaula, mordiendo los barrotes y rasgándose con las uñas la piel del pecho, el hombre había enfebrecido. La maraña de greñas de su cabeza estaba infestada de bichos que mordían e incubaban huevos. 

El enterrador se lo miraba flemático, con la pala en sus deformes puños. Entonces abrió la jaula. La puerta cayó en la tierra con un pesado golpe. Un ruido gomoso se esparció como una onda alrededor del légamo. La mano grasienta del enterrador cogió al hombre por la cabeza y lo tiró contra el fango. Sus pesadas botas lo pisotearon. Y de una patada lo tiró al agujero que se abría en esa tierra de raíces caníbales.

El hombre sintió cabelleras de hilos enredarse en su cuello y en sus extremidades. Los árboles le apresaron entre sus raíces. La luna ahora asomaba vívida y expectante, pero su fría luz se fue apagando con cada palada de tierra que le caía sobre la cara. Sus ojos pestañeaban frenéticos, burbujeando lágrimas. La tierra le perforaba las córneas y se le introducía en la nariz rota y la boca desencajada. Escupía, gemía y trataba de gritar, pero ya no podía. Los pulmones se le llenaban de tierra empapada de sangre. Trataba de escupir cuando la tos pastosa se calmaba. Y poco a poco sus pulmones dejaron de funcionar, por su garganta anegada de lodo y sangre ya no fluía aire y su corazón se ahogó bajo montones de tierra.

El enterrador terminó de tapar el agujero. Lo pisó con fuerza al rato que lanzaba un gruñido y unas gotas de saliva salpicaban el lodo que ahora cubría un horrendo crimen.

Desde las alturas, las ramas hastiadas de los árboles infectos se balanceaban en un baile macabro. La luna se ocultaba detrás de las montañas. Y el enterrador, dando por terminado el entierro, se retiró al cubil, desde el que brotaban gritos y súplicas que la espesura del bosque pronto olvidaría.

Entre las olas de delfín

Las aguas de la bahía están tranquilas esta noche. Reposan en el lecho titilante de una playa que brilla con luz propia, exhalando suspiros y centelleando con el polvo de una centuria de hadas.

Mecidas por un viento suave y cálido, arrancan un balanceo de movimientos erógenos, como si quisieran disfrutar del arte más íntimo y personal de los enamorados. Dentro de ellas las miles de ostras, bivalvos, caracoles, almejas, veneras y demás moluscos se dejan llevar, levitando y flotando hacia el capricho de esos movimientos. Abren sus carnes, que palpitan y se encienden, como si atrajeran todo el color del mar hasta ellas, y se dejan untar con esa agua impúdica que relame hasta el último rincón del interior de sus conchas.

Miles de peces acuden a la fiesta, regalando caricias desenfrenadas y lanzándose besos unos a otros. El agua burbujea con su fogosidad, germinando pompas de aire que divierten a las anguilas, quienes se deslizan entre la efervescencia y exhiben sus sinuosos movimientos que esbozan sonrisas y carcajadas. Los pulpos eximen a la pasión de todo pudor y revuelven el agua con sus intrépidos brazos, creando torbellinos magnéticos de pasión y desenfreno.

En ese momento un cuerpo tórrido se lanza al agua, ungiendo su desnuda piel en la fiesta afrodisíaca de un oleaje que se balancea a su alrededor. Sus vigorosos brazos le llevan mar adentro, donde el reflejo de la luna hace brillar todo su cuerpo. Su bruñido pecho asoma con hercúlea presencia y todos sus músculos se remarcan con la potencia de un hijo de Crono.

Y ahí se queda, chapoteando suavemente como un tritón, flotando en medio de un oleaje que lo acuna en el cénit de unas aguas que oscilan a su alrededor.

Sus ojos refulgen al contemplar la luna, su vientre se destapa cuando el agua, caprichosa y con ganas de jugar, sube y baja lamiendo su cuerpo, desde el Olimpo de su pecho, acorazado como un argonauta, hasta el cubil de Pitón, donde la bestia de Hera guarda sus anhelados huevos, más allá de los primordiales montículos de su vientre ondulante.

Con su presencia el agua se calienta y empieza a sudar. En su máximo clímax sus secreciones se recrean con la espuma, rociando la arena con su sensual humedad, lamiendo a sus pequeños habitantes con los oleajes de la lujuria. Y se exhibe la blanca bruma en una fértil germinación que atrae las miradas de las estrellas.

Entonces un tintineo cristalino acude a esta llamada. Encima de las cordilleras béticas los astros responden con pestañeos luminiscentes, las constelaciones se manifiestan trazando dibujos en el cielo, y Delfín mueve su cola, inspirando al viento del sur el aleteo de un millar de pájaros.

La brisa marina se pronuncia, fluye con frescura alrededor de la luna y baja hasta el cuerpo lustroso de ese Heracles moderno que se despoja de las sábanas de agua que lamen su desnudez. Sus manos se acuñan en los movimientos de las olas, las conducen como si fuesen suaves telas para acariciar su cuerpo caluroso, que jadea, suspira y resopla sus bocanadas de aire hacia la brisa marina, impulsándola, dándole aliento para que siga su curso y busque su destino.

Sobre las miradas centelleantes de millones de briznas de arena, la brisa marina fluye con elegancia, moviéndose de un lado a otro, exhibiendo su cuerpo desnudo a la naturaleza que lo contempla.

Como una exhalación se adentra hacia las callejuelas empedradas de una ciudad vieja, pero llena de esplendor, que ha sido testimonio del nacimiento de Iberia y que ha presenciado a la Historia desenvolverse en su máxima efervescencia.

Resigue, como una serpentina, una sabina mora que contempla con anhelos el confidente mar de su tostada Cartagena. Se cruza con la mirada orgullosa de un pequeño ciprés, único en ese país, y sigue adelante, con la valentía del general Aníbal, surcando el cielo como una legión, acariciando la piedra de unos edificios colmados de memorias por contar.

Por encima de su oscilante trayecto y desde el interior de numerosas ventanas, miles de luces doradas brillan con la motivación de las fiestas de verano. Otras tantas descansan con el tenue resplandor que se filtra desde las calles, meciéndose en las músicas de la divertida ciudad y gozando con el caprichoso silbido del céfiro que entona canciones nocturnas entre las arcadas de los edificios.

Y entre toda esa fiesta y esas ventanas que bailan al son del siroco, la frescura de la brisa marina se encapricha de una vidriera entrecerrada en la penumbra de su intimidad. Danza hasta ella, con la alegría y el divertimiento de las tierras del sur. La contempla, admirando los motivos florales que la decoran, ensimismándose en sus colores.

Como si fuese el mapa de un mundo de fantasía, resigue los ríos de colores que trazan oníricos senderos alrededor de aromáticos pétalos de flor y entre las miradas de hadas bailarinas y ninfas que bañan sus desnudos cuerpos en las frescas fuentes que acurrucan la música de ocarinas de roble en sus aguas cristalinas.

Se aproxima a su destino con los sentidos maravillados y el habla muda. Atraviesa el puente de sueños de la abertura entre las dos cristaleras, y en su sigiloso paso, se deja engalanar por la reflexiva quietud del interior, por sus aromas colmadas de pensamientos, por el silencio meditativo que empapa los pliegues de unas primorosas sábanas que cubren un cuerpo de femeninos contornos.

Corre deseoso por debajo de la tela que cubre unas oscilantes carnes, resiguiendo una silueta de suaves montañas y praderas extasiantes. Las sábanas se levantan casi sin percibirse, un olor afrutado huye de entre sus piernas.

Los pies relamen el colchón, se frotan en un movimiento persuasivo. 

El anhelante céfiro, que busca con fruición el origen de ese olor, se desliza en un camino de empinadas subidas y bajadas vertiginosas, de excelsas curvas y cálidas caricias que se arriman al calor de un cuerpo que se debate en el silencio de unos movimientos lánguidos.

Al mismo tiempo ella arquea sus piernas, liberando un gemido. Sus manos se pasean por unos montículos de aspecto masticable. Las sábanas se adhieren a ellos, atraídas por la humedad del deseo. Un gemido ahogado se escapa entre los carnosos labios de la mujer, sus pezones casi traspasan las sábanas.

La humedad se impregna en ellas, diluyendo su textura en un mar de rosada lujuria. Un movimiento impulsivo termina por levantar las finas ropas mojadas, que casi dejan ver el cuerpo que se mece bajo su semitransparencia.

Sus agudos pechos, de pezones prominentes, demuestran la valentía de una amazona. Parecen resbalar, como dos lágrimas, que se vierten hacia los angostos valles de su cuerpo. Invitadas a hacerlo, sus manos, danzarinas, se deslizan por su trémula carne hasta un vientre cimbreado en el baile bochornoso de la seducción, inspirando a sus brazos finos y de piel tostada a dibujar el vuelo de los cisnes.

Entre unos glúteos culminantes, al igual que la cúspide de un monte, los impúdicos dedos de la mujer acarician una lubricada fruta en el máximo esplendor de su endogámica festividad. Los líquidos empiezan a correr, las aromas fluctúan, una cadena de gemidos estalla al exterior de unos labios carnosos como un colchón de sueños eróticos.

Luego se enciende una mirada de reojo, una sonrisa fugaz, moteada por la saliva que el movimiento de una lengua inquieta ha impregnado, y el vuelo de una cabellera más negra que la noche.

Entre sus dos brazos, dibujando una uve hacia su sexo, sus pechos cuelgan suspendidos, como dos frutas que han madurado y ya se pueden comer. La trémula carne se contornea, debatiéndose en movimientos longevos que acunan placeres inusitados y que no quieren terminar.

Su respirar agitado convulsiona su pecho, las sábanas caen al suelo. Se levanta, con los dedos aún en su sexo. Los labios abiertos salivan un néctar aceitoso que unta las yemas de sus dedos. Se los lleva a la boca, chupa y relame. El sabor la contenta, pero las inquietudes aún están a flor de piel.

Se viste con prisa. Una fina blusa y una falda que baila al compás de los vaivenes de su cuerpo. Zapatos de charol y el eco juguetón que queda tras sus pasos.

Sale a la calle, corriendo como una ninfa salvaje. El claqueteo de sus tacones se pierde en las alturas. Sus líquidos aún resbalan por el interior de sus muslos. El céfiro la persigue con hambre.

Mira al cielo, y ahí está la constelación de Delfín. Un brillo fugaz hace gotear su cuerpo, que vibra con el placer de un orgasmo súbito.

La fría roca se enciende al degustar sus líquidos, la playa aclama su llegada.

Se descalza con premura, clava los tacones en la arena. Allí aún continúa la fiesta. Las ostras cantan, los peces se besan, los pulpos danzan y las dunas titilan con la luminosidad de Delfín. 

Un impulso la motiva a quitarse la ropa, se la arranca con dos rápidos movimientos. 

De pronto las olas chocan contra la bahía con una furia espumosa, lanzando salvajes gotas contra el cuerpo de la mujer, que ahora baila desparramando la arena con sus movimientos felinos.

Los giros incontrolados la llevan directa al mar. Cae como un torbellino, chocando con las frías olas que estallan al impactar contra el calor de su cuerpo fogoso.

El vapor fluye alrededor de su cuerpo. Su piel brilla con la luminosidad de la constelación que la observa, maravillada. El céfiro la resigue y le indica un camino apenas insinuado.

Se deja llevar, deja su cuerpo flotar. 

Entre las olas sus pechos sobresalen como dos montañas, sus piernas confluyen en un puerto sumergido en las mareas.

La luna sonríe al verla pasar, se deleita con la música de sus gemidos.

Pero la melodía cesa de golpe, para dar paso a una voz más bella que la lira de Apolo:

—¡Qué grande es mi desgracia! Mi sexo está mojado, arde, me supura. Mis rojas carnes palpitan en sus adentros, salivando escozor. ¿Qué puedo hacer para complacer estos deseos que me queman desde el interior? ¿Quién saciará mi hambre, quién consolará los anhelos de mi cuerpo, quién calmará la inquietud entre mis piernas?

—¡Oh! ¡Por los Dioses! —exclama un hombre que flota plácidamente sobre las aguas iluminadas por la luna—. ¿De quién es esta bella voz? ¡Me fascina, me maravilla y siembra mis sentidos de inquietud! ¡Por favor, permíteme verte!
La figura de la impúdica mujer aparece entre las olas, reluciendo con la luz que la luna le lanza. Su pelo mojado se pega en sus pechos, sus ojos se fijan con hambre sobre el musculoso cuerpo que flota ante ella.

—¡Eres preciosa! —exclama él—, por favor, ¡déjame tocarte, déjame acariciarte, déjame besarte! Porque si no lo hago, ¡la vida ya no tendrá sentido para mí!

—Tu figura viril me abruma —dice ella, entonando su voz en una orgásmica sensación auditiva—, mi pecho tiembla, mi estómago parece volar, todo se condensa en mi sexo, ¡una sensación que no puedo explicar!

—Mi sexo agita mi cuerpo, quiere conocer tu nombre, las rimas de tu piel, las metáforas de tus pechos y las palabras escondidas en tu sexo. Por favor, ¡enséñamelas! ¡Me va la vida!

—¡Eres precioso! Tus músculos me excitan, tu voz me maravilla, la presencia de tu sexo me hace arder. Acepto tus súplicas, quiero que las hagas realidad en mi cuerpo, quiero que me penetres, quiero sentirte dentro de mí y quiero saborear tu nombre mientras me poseas. Entonces yo pronunciaré el mío y nunca se te olvidará.

—¡Posidón es mi nombre, mi lujuriante amada…! Y he nacido para satisfacer tu sexo…

—¡Ven! Mi fruta palpita. ¡Abrázame! Mi cuerpo arde. ¡Hazme tuya! Mi sexo quiere tu semen. ¡Poséeme! Porque si no lo haces, ¡moriré!

Los dos amantes se acercan, se juntan. Sus piernas se agitan, la bruma les rodea, el vapor inunda el ambiente. 

La suavidad del cuerpo de la deseosa amante es rodeada por unos brazos calientes y de venas hinchadas. Los racimos de sus pechos se levantan sobre el pecho hercúleo que bombea la sangre con una pasión explosiva. Sus piernas se abren posándose sobre la cintura de su nuevo amante, abriendo otra vez su puerto al miembro hinchado que la penetra con decisión.
Y en el cielo un grito se presenta con atrevimiento: “¡Nereis!”